Del mal del puerco al corre que te alcanza, nuestro país tiene un peculiar catálogo de padecimientos que se curan con apapachos, remedios de la abuela y en ocasiones, corriendo al baño.
HUMBERTO VÁZQUEZ
En México uno puede amanecer sano y antes del mediodía sufrir un patatús, andar chipil, agarrar una muina y terminar con el mal del puerco. Tenemos un sistema de salud paralelo en el que las abuelas diagnostican sin cita, las vecinas recetan sin título y los tratamientos incluyen desde una limpia con huevo hasta un caldito de pollo. Son enfermedades del lenguaje popular que quizá no figuren en los manuales médicos, pero que forman parte de nuestra identidad y de ese sentido del humor con el que los mexicanos explicamos hasta nuestras desgracias.
Comencemos con andar chipil, un padecimiento del corazón que provoca ganas de recibir cariño, atención y apapachos. Su pariente cercano es achicopalarse, que aparece cuando nos rechazan, nos dejan en visto o la vida nos trata como piñata. Sus síntomas incluyen traer la cara larga, suspirar por los rincones y sentir que hasta los frijoles perdieron el sabor. Para ambos casos se recomienda una canción de Juan Gabriel, un abrazo y alguien que nos diga que todo va a estar bien.
En el área de gastroenterología tenemos al famoso mal del puerco, que ataca después de comer como si no hubiera un mañana. Produce sueño, pesadez y una necesidad urgente de encontrar un sillón. También está el empacho, que las abuelas atribuyen a comer demasiado o a que algo cayó mal. Y en el departamento de urgencias aparece el corre que te alcanza, una diarrea que suele manifestarse cuando estamos lejos de un baño. Sus síntomas incluyen sudor frío, pasos cortitos y desarrollar una velocidad mayor a la de un corredor olímpico. Su peor complicación es encontrar el sanitario ocupado y sin papel.
Para los amantes del drama existen el patatús, el soponcio y el telele, tres maneras de anunciar que estamos a punto de desmayarnos por una impresión, un susto o un disgusto. También tenemos la muina, ese enojo que, según la sabiduría popular, hasta puede enfermarnos. Y si alguien presenta movimientos extraños o comportamientos disparatados, siempre podremos decir que le dio la chiripiorca, padecimiento ficticio que popularizó Chespirito.
En el consultorio de los misterios aparecen las ñáñaras, esos escalofríos que sentimos cuando vemos una cucaracha, escuchamos una historia de fantasmas o algo nos provoca repelús. El mal de ojo se atribuye tradicionalmente a miradas de envidia o admiración excesiva, mientras que el susto puede explicar, según ciertas creencias populares, desde la pérdida del apetito hasta el insomnio. Y cuidado con el sereno, porque nuestras abuelas llevan generaciones advirtiéndonos que salir de noche sin suéter puede hacernos daño.
Tampoco podemos olvidar el dolor de caballo, esa punzada en el costado que aparece cuando corremos y que sí tiene una explicación fisiológica. Ni el cuerpo cortado, cuando sentimos que nos duele hasta el apellido. O andar desguanzado, que es estar sin fuerzas, sin ganas y con la energía de un celular al uno por ciento. Para quienes andan tristes por amor existe, por supuesto, el mal de amores, cuya receta popular incluye canciones de despecho y la promesa de no volverle a escribir.
Aunque estas expresiones no son diagnósticos médicos en sí mismos y algunas describen síntomas reales, juntas forman parte de una tradición que mezcla creencias, emociones, remedios caseros y mucho ingenio. No todas son exclusivas de México, pero aquí hemos desarrollado una manera muy particular de nombrarlas, exagerarlas y compartirlas.
Porque en México uno puede estar sano, pero achicopalado; tener sueño, pero echarle la culpa al puerco; o sentir un escalofrío y jurar que le dieron ñáñaras. Y si ningún remedio funciona, siempre aparecerá una abuela para decirnos que lo que necesitamos es comer bien, ponernos un suéter y dejar de andar de vagos.