Ciudad de México a martes 13 de octubre de 2026 | 4:38 pm
Inicio | ¿Por qué en México nadie se llama como se llama?

¿Por qué en México nadie se llama como se llama?

¿Por qué en México nadie se llama como se llama?
Foto: Shutterstock

En las familias, las escuelas y los barrios, un sobrenombre puede convertirse en una segunda identidad, aunque detrás de la picardía también se esconden prejuicios y viejas formas de discriminación

HUMBERTO VÁZQUEZ

En México uno puede llamarse José Guadalupe, pero si desde niño le dijeron “el Chupón”, así lo conocerán hasta que se muera. De poco servirán los títulos universitarios, los ascensos laborales o las canas: para los amigos de la infancia seguirá siendo el Chupón. Y es que en este país el nombre lo eligen los padres, pero el apodo lo decide el barrio, la familia o algún compañero de escuela con demasiado tiempo libre y una imaginación que no siempre conoce la misericordia.

Los mexicanos tenemos una extraordinaria facilidad para rebautizar al prójimo. Al que tiene poco cabello le dicen el Pelón; al de abundante cabellera, el Greñas; al delgado, el Flaco, y al robusto, el Gordo. Aunque la lógica tampoco es indispensable: basta que alguien sea particularmente alto para que termine llamándose el Chaparro. La contradicción es parte del chiste y, una vez que el sobrenombre prende, difícilmente hay poder humano capaz de borrarlo.

La costumbre tiene raíces antiguas. En los pueblos y comunidades, los apodos han servido para distinguir a personas con nombres y apellidos repetidos, identificar familias completas y recordar oficios, acontecimientos o peculiaridades. Hay sobrenombres que pasan de padres a hijos y otros que nacen de un accidente, una travesura o una frase desafortunada pronunciada una sola vez. En ocasiones, el apodo termina siendo más conocido que el nombre que aparece en el acta de nacimiento.

La geografía también aporta su propio repertorio. En el norte son habituales sobrenombres como el Güero, el Prieto, el Chato o el Chino, este último utilizado en distintas regiones para referirse a personas de cabello rizado, sin que necesariamente tenga relación con su origen. En el centro del país abundan diminutivos y nombres familiares como el Chucho, el Chuy, el Nacho o la Chata, mientras que en distintas comunidades del sur y sureste sobreviven apodos vinculados con oficios, animales, parentescos y palabras de lenguas originarias. No existe, sin embargo, un catálogo exclusivo por estado: los sobrenombres viajan, se mezclan y adquieren significados diferentes según la comunidad.

También están los apodos que nacen del oficio. El Carnitas, el Panadero, el Profe, el Doctor o el Licenciado pueden conservar su título popular incluso después de cambiar de trabajo. Otros parecen salidos de una novela de barrio: el Caguamo, la Pulga, el Piojo, el Ratón o el Perico. Basta visitar un mercado, una cancha de futbol o una reunión familiar para descubrir que buena parte de los presentes responde a un nombre que jamás aparecerá en sus documentos oficiales.

La cultura popular mexicana está llena de ejemplos. Mario Moreno pasó a la historia como Cantinflas; Germán Valdés, como Tin Tan; Roberto Gómez Bolaños, como Chespirito, y el futbolista Cuauhtémoc Blanco fue conocido como el Cuau. En la lucha libre, los sobrenombres alcanzan otra dimensión: el Santo, Blue Demon y el Perro Aguayo convirtieron sus identidades de espectáculo en auténticas leyendas nacionales.

Pero no todo es inocencia. Muchos apodos parten del color de piel, la estatura, el peso, alguna discapacidad o un rasgo físico. Lo que para una persona representa una muestra de cariño, para otra puede convertirse en una burla que arrastra desde la infancia. La diferencia está en el contexto, la confianza y, sobre todo, en si quien recibe el sobrenombre lo acepta. La picardía deja de ser graciosa cuando se utiliza para humillar.

Aun así, los apodos conservan un lugar privilegiado en la convivencia mexicana. Pueden expresar familiaridad, pertenencia y una forma muy particular de afecto. Hay personas que escuchan su nombre completo solamente cuando las regañan, reciben una llamada del banco o tienen que realizar algún trámite. Para el resto del mundo seguirán siendo el Güero, la Chata, el Flaco o la Nena.

Porque en México el nombre nos lo ponen al nacer, pero el apodo puede acompañarnos toda la vida. Y si tenemos suerte, al menos nos tocará uno que podamos contar sin ponernos colorados.

Noticias recientes

Encuestas recientes

Noticias, encuestas y opinión pública en un solo medio digital. Información que conecta.
Populus MX © 2026. Todos los derechos reservados
About Aviso de Privacidad