Puebla ostenta un récord irrepetible al ser el único estado mexicano que recibió a Queen para ofrecer dos conciertos consecutivos.
EMILIANO RUIZ
Los días 17 y 18 de octubre de 1981, el Estadio Olímpico Ignacio Zaragoza se convirtió en el epicentro de un choque cultural histórico. Este evento transformó para siempre la gestión de los espectáculos masivos en el país y dejó una huella imborrable en la mitología del rock nacional. Para entender el impacto de estas fechas, es necesario recordar el contexto político de la época. En el México de los ochenta, el rock internacional estaba censurado y confinado a lo clandestino como secuela del festival de Avándaro. Traer a la banda de Freddie Mercury, Brian May, Roger Taylor y John Deacon durante su exitoso The Game Tour fue toda una hazaña que no resultó muy bien. Aunque la Ciudad de México era la opción lógica, la burocracia y el temor del gobierno obligaron a mover el evento a sedes alternativas como Monterrey y, finalmente, Puebla.
Aquella noche de sábado 17 de octubre inició con una energía más caótica que entusiasta. La logística de la organización colapsó ante la llegada masiva de fanáticos de todo el país, lo que provocó boletos clonados, filas interminables y un violento “portazo” que abarrotó el estadio. Desafortunadamente el ambiente tenso se trasladó al concierto pues, en un intento de conectar con el público, Freddie Mercury salió a cantar We Will Rock You usando un gran sombrero de paja. Algo que a los asistentes no les pareció muy amigable, mucho menos divertido, un gesto que fue mal recibido por parte de la audiencia, que, así como al gato viudo de Chava Flores, no faltó quien mandara un zapatazo. Así entre calzado, botellas y latas, aunados a terribles fallas de sonido, Queen mostró su nivel profesional con un repertorio impecable, sin dejarse intimidar por el calor de las circunstancias, culminando con una mítica frase de despedida que, hasta la fecha permanece como un legado en los escenarios del estado: “Muchas gracias, Puebla. Thank you for the shoes (Gracias por los zapatos)” — sentenció un Freddie Mercury evidentemente molesto con los resultados de aquella noche.
Sin embargo, el domingo 18 de octubre trajo consigo una reconciliación con la audiencia, con un operativo de seguridad más estricto y un público decidido a disfrutar la música. De este modo, así como un buen licor, el primer trago fue amargo, pero la segunda fecha se transformó en ese calor agradable para muchos que deja la bebida en la garganta, una verdadera fiesta. Los solos de Brian May, la potencia de Roger Taylor, el bajo de John Deacon y la impecable voz de Mercury fluyeron sin interrupciones ni hostilidades, cerrando la jornada con un triunfo absoluto.
Aquel domingo en Puebla significó, sin que nadie lo sospechara, la última presentación de Freddie Mercury en México. Los problemas logísticos, los bloqueos de transporte y las circunstancias sociopolíticas de la época provocaron la cancelación del resto de las fechas programadas en el país. A pesar de las leyendas urbanas que aseguran que la banda se fue resentida, la realidad es que ese domingo demostró la enorme desconexión del gobierno con una juventud ávida de música. A más de cuatro décadas de distancia, esas dos noches siguen recordando el momento en que Puebla desafió las normas para convertirse en la capital mundial del rock