¿México se queda sin niños? El país registra una de los crecimientos poblacionales más bajos hasta la fecha. La imagen del país joven, de familias numerosas y crecimiento poblacional desmedido podría formar parte del pasado. Pero ¿por qué el bajo crecimiento poblacional se consolida como un tema de conversación relevante sobre la mesa social de México?
Los datos más recientes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) y del Consejo Nacional de Población (CONAPO) confirman un giro histórico: la tasa de crecimiento poblacional anual ha caído por debajo del 1%, consolidando una transición demográfica irreversible pues, aunque el país registra actualmente 130.9 millones de habitantes, la velocidad a la que se expande la población se ha frenado casi en seco con un desplome acelerado de la fecundidad. El promedio nacional se sitúa ya en 1.6 hijos por mujer, una cifra muy distante del umbral de 2.1 necesario para garantizar un reemplazo generacional estable. El epicentro de este fenómeno se vive en la Ciudad de México, donde la tasa de fecundidad ha caído a niveles de entre 0.8 y 1.2 hijos por mujer, equiparándose con las regiones más envejecidas de Europa o del este asiático, como España y Japón.
De acuerdo con las investigaciones demográficas de El Colegio de México (COLMEX), este descenso no es un fenómeno repentino, sino que responde a transformaciones estructurales y culturales que han reconfigurado las prioridades de las nuevas generaciones. En este sentido, la postergación de la maternidad, la creciente preferencia de la juventud por el ámbito laboral y la búsqueda de independencia económica han modificado las dinámicas familiares tradicionales, donde la crianza exclusiva dejó de ser el único proyecto de vida. A esto se suma el encarecimiento de la vida, la precarización del empleo y las barreras para acceder a una vivienda que hacen que tener hijos sea percibido por muchas juventudes como un proyecto financieramente inviable.
A pesar de que la decisión de tener o no tener hijos es absolutamente y, en muchos casos, independiente a los fenómenos sociales de la actualidad, la otra cara de la baja natalidad no sólo se consolida como decisión, sino también como el avance silencioso pero acelerado del envejecimiento. El Programa Nacional de Población revela que en la actualidad las personas de 60 años o más ya representan cerca del 13% de la población — aproximadamente 18 millones de personas — y las proyecciones indican que para la próxima década este grupo superará de manera definitiva a la población infantil. De seguir este camino, la inversión de la pirámide poblacional podría pasar una factura cara al estado de bienestar mexicano con tres puntos relevantes respaldados por instituciones como la OMS y el INEGI. Por un lado, están los retos fiscales ante las pensiones. Al reducirse la base de trabajadores jóvenes activos que aportan al sistema e incrementar el número de jubilados, el financiamiento de las pensiones podría ejercer una mayor presión sobre el gasto público. Por el otro, la reconversión del sistema de salud, que se refleja en la infraestructura sanitaria, diseñada originalmente para atender afecciones materno-infantiles y enfermedades agudas, podría enfrentar una saturación por el incremento de padecimientos crónico-degenerativos complejos propios de la tercera edad, cuyos tratamientos son prolongados y costosos.
Finalmente el colapso de las redes de cuidado. Tradicionalmente México ha delegado la asistencia de sus ancianos a la estructura familiar, sostenida por el trabajo, usualmente sin remuneración, a las personas cuidadoras. Ante este escenario de envejecimiento, familias cada vez más pequeñas y un mayor número de personas jóvenes trabajando fuera del hogar, este modelo es insostenible y plantea el reto de consolidar los Sistemas de Cuidado con mayor urgencia.
Sin embargo, el impacto de esta baja natalidad no se distribuye de manera uniforme, ya que depende de las dimensiones geográficas de cada país. Mientras que en naciones pequeñas o de baja densidad territorial la caída de los nacimientos suele provocar una despoblación uniforme, en territorios extensos como México el fenómeno se asienta en una realidad de “dos países en uno”. Por un lado, las metrópolis absorben la escasa mano de obra joven, agudizando las crisis habitacionales y la saturación de servicios urbanos. Por el otro, las comunidades agrícolas padecen un abandono prematuro de sus nuevas generaciones. Este vacío generacional no sólo acelera el envejecimiento en el campo mexicano, sino que amenaza con el abandono de la tierra productiva, poniendo en riesgo el equilibrio macroeconómico y la soberanía alimentaria de las regiones.
Para entender hacia dónde se dirige México, los demógrafos suelen mirar hacia España, un país que hoy atestigua las consecuencias de este fenómeno poblacional. Con una edad que ronda un promedio de 46.8 años, la nación española experimenta más decesos que nacimientos y sufre el fenómeno con regiones rurales despobladas casi por completo. Sin embargo, al contrastar ambas realidades bajo los criterios demográficos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), resalta una advertencia fundamental formulada por la CEPAL: “Los países europeos envejecieron después de volverse ricos; América Latina está envejeciendo antes de serlo”.
La gran diferencia radica en que España gestiona su crisis demográfica respaldada por un Producto Interno Bruto (PIB) per cápita alto y un estado de bienestar consolidado que amortigua el impacto mediante subsidios, servicios públicos e infraestructura adaptada. México, en cambio, está alcanzando ritmos de envejecimiento similares pero en una fase mucho más temprana de su desarrollo económico, marcados por una alta informalidad laboral, carencias estructurales en salud pública y fondos de pensiones limitados. España es la evidencia de que la baja natalidad reconfigura el tejido social y económico. Pero para México puede representar un futuro con posibles riesgos para el desarrollo de su estructura social.
EMILIANO RUIZ