Quienes vivimos en Puebla, Morelos, la Ciudad de México y otras zonas del centro del país, sabemos que la alerta sísmica y los simulacros son herramientas de prevención que pueden salvar vidas. Eso no impide que escucharla resulte angustiante para muchas personas. El corazón se acelera, sudan las manos, aparece un nudo en el estómago. Y cuando el calendario marca el 19 de septiembre, el sonido puede adquirir un significado todavía más inquietante.
Puebla forma parte de las entidades con cobertura del Sistema de Alerta Sísmica Mexicano (SASMEX). Durante el Segundo Simulacro Nacional de este 19 de septiembre, el gobierno estatal informó que el alertamiento se realizó a través de telefonía celular, medios de comunicación, el Sistema de Información y Comunicación del Estado de Puebla (SICOM) y alrededor de 4 mil equipos receptores SASMEX instalados en inmuebles públicos.
Ese mismo ejercicio dejó en la Ciudad de México dos emergencias reales: una persona de alrededor de 80 años presentó una aparente cardiopatía y tuvo que ser trasladada a un hospital, mientras otra resultó lesionada después de caer al bajar unas escaleras. Aunque no existen elementos para afirmar que el sonido de la alerta provocó directamente ninguno de los dos casos, lo sucedido inevitablemente plantea una pregunta: ¿qué pasa en nuestro cuerpo cuando escuchamos la alerta sísmica después de haber vivido un terremoto?
Para Puebla, el 19 de septiembre de 2017 no es una tragedia ajena. A las 13:14 horas de aquel día ocurrió un terremoto de magnitud 7.1, cuyo epicentro fue localizado por el Servicio Sismológico Nacional en los límites de Puebla y Morelos, a unos ocho kilómetros al noroeste de Chiautla de Tapia, Puebla. El movimiento golpeó con especial fuerza al centro del país. De acuerdo con el Centro Nacional de Prevención de Desastres (CENAPRED), la Ciudad de México reportó 228 fallecimientos; Morelos, 74; Puebla, 45; el Estado de México, 15; Guerrero, seis, y Oaxaca, uno.
En Puebla, 112 municipios fueron incluidos en la Declaratoria de Emergencia Extraordinaria emitida tras el terremoto. Es decir, cuando hablamos de la huella emocional del 19 de septiembre no hablamos únicamente de la Ciudad de México, Puebla y Morelos estuvieron en el corazón mismo del desastre. Y esto dejó, inevitablemente, una huella psicológica medible.
Existe evidencia científica de que el terremoto de 2017 produjo síntomas importantes de estrés postraumático en una parte de la población expuesta. Una investigación con participación de especialistas del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) evaluó a 44 mil 855 habitantes de Puebla, Morelos, Ciudad de México y Estado de México, entre uno y dos meses después del terremoto. El estudio encontró una prevalencia de 11.9% de trastorno de estrés postraumático (TEPT) grave entre las personas evaluadas.
Los investigadores encontraron además que la prevalencia de TEPT y depresión fue mayor en las entidades que habían sufrido daños más severos. El Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz documentó también un incremento significativo de consultas por reacciones a estrés grave y trastornos de adaptación después de los terremotos de septiembre de 2017.
Para quienes han vivido directamente un terremoto, determinados sonidos, lugares, fechas o situaciones relacionados con aquel acontecimiento pueden funcionar posteriormente como recordatorios de la experiencia. Eso no significa que la alerta sísmica provoque por sí misma un trastorno psicológico. Pero en una persona que atravesó una experiencia traumática, un estímulo asociado con ella puede desencadenar una respuesta física y emocional intensa.
El organismo reacciona automáticamente ante lo que interpreta como una amenaza: se activa el sistema nervioso simpático, aumenta la liberación de hormonas relacionadas con el estrés, se acelera el corazón y puede elevarse la presión arterial. Es el cuerpo preparándose para enfrentar el peligro.
Y en el centro del país existe además una coincidencia extraordinaria: los terremotos de 1985 y 2017 ocurrieron un 19 de septiembre y en 2022 otro sismo fuerte volvió a registrarse exactamente ese día. La ciencia no ha encontrado ninguna razón para pensar que el 19 de septiembre tenga una mayor probabilidad sísmica. La coincidencia, sin embargo, puede reforzar el peso emocional que la fecha tiene para quienes vivieron alguno de esos acontecimientos.
No es tan sencillo afirmarlo de manera contundente. Está científicamente comprobado que el estrés agudo genera cambios reales en el sistema cardiovascular y existe evidencia científica internacional que relaciona grandes terremotos con incrementos temporales de eventos cardiovasculares. Una investigación publicada en 2025, que analizó a 9 mil 611 pacientes atendidos por un tipo grave de infarto en un hospital de tercer nivel de la Ciudad de México entre 2005 y 2024, encontró un aumento significativo de ingresos por infarto el día de los terremotos y durante los siete días posteriores. Sin embargo, una asociación estadística no demuestra que cada uno de esos infartos haya sido provocado directamente por el terremoto.
Por eso no puede afirmarse que la alerta del simulacro haya causado el problema cardiaco registrado este 19 de septiembre en la CDMX, como tampoco que una persona corra, pierda el control o caiga por unas escaleras. Una emergencia sí puede generar miedo y respuestas precipitadas. Precisamente por eso los simulacros buscan convertir las rutas de evacuación y los procedimientos de seguridad en acciones conocidas antes de enfrentar un terremoto real.
El problema no está en la alerta, todo lo contrario. Su función es sumamente valiosa para advertir del peligro y dar tiempo para protegerse. Para algunas personas, sin embargo, su sonido puede estar asociado con recuerdos de edificios dañados, pérdidas personales, evacuaciones y momentos en los que sintieron que su vida estaba en peligro.
La evidencia científica no permite afirmar que Puebla, Morelos, la Ciudad de México o todo el centro del país padezcan un “trauma colectivo” clínicamente diagnosticable. Pero sí demuestra que una parte de la población expuesta al terremoto de 2017 desarrolló estrés postraumático y otras afectaciones psicológicas, y que un terremoto puede desencadenar respuestas fisiológicas intensas. Por eso, para muchos habitantes del centro de México, la alerta sísmica no es solamente un sonido de prevención: también puede ser el sonido que la memoria asocia inevitablemente con uno de los días más difíciles que les ha tocado vivir.
CLAUDIA LLACA