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Detrás de botas y tambores: El origen del desfile militar

Detrás de botas y tambores: El origen del desfile militar
Detrás de botas y tambores El origen del desfile militar. Foto: Libro

¿Te has preguntado cómo se vivió el primer desfile militar con motivo de la Independencia mexicana? Mucho antes de que los aviones militares surcaran el cielo del zócalo cada 16 de septiembre, la Ciudad de México fue el escenario de una celebración masiva, y más improvisada de lo que aparenta, que marcó un hito para lo que se vive alrededor de la república cada 16 de septiembre. 

Tal como se ha contado que el general Porfirio Díaz movió los hilos para que las fiestas patrias coincidieran con su cumpleaños, se comenta que este desfile fue parte del capricho de un personaje igual de famoso, cuyo natalicio también fue excusa para celebrar la soberanía nacional. La mañana del 27 de septiembre de 1821, la Ciudad de México no durmió. Coincidiendo estratégicamente con el cumpleaños número 38 de Agustín de Iturbide; el Ejército Trigarante se preparaba para hacer una entrada triunfal que marcaría el fin de 300 años de dominio español. El desfile comenzó en los alrededores de Chapultepec con una marea humana de 7,417 infantes, 7,955 elementos de infantería montada y 762 artilleros con 68 cañones avanzando a paso firme. No eran solo soldados; eran antiguos enemigos, insurgentes y realistas, marchando codo a codo bajo una misma bandera de tres colores, que en su momento representaban la religión con el blanco, la unión con el rojo y el anhelo de independencia en el verde.

El contingente avanzó por lo que hoy conocemos como Avenida Bucareli, en la Cuauhtémoc y se enfiló hacia el corazón de la capital pasando por un costado de la Alameda Central. A partir de ahí, la hoy emblemática calle de Madero se convirtió en un auténtico carnaval. Registros históricos narran que las fachadas coloniales estaban adornadas con arcos de flores y banderas hechas a mano, desde los balcones, las familias aristocráticas y los de a pie arrojaban pétalos de rosas, confeti y papeles con poemas patrióticos, un ambiente digno de recordar: las botas y los cascos al unísono, los gritos, aún absortos por la victoria sobre el yugo español, retumbando entre las calles del hoy centro histórico, un ruido ensordecedor que cantaba libertad y, sin querer, llevó el cumpleaños de Iturbide a un nivel que probablemente pocos podrían experimentar al día de hoy.

El desfile dejó dos momentos que parecen sacados de una película o de una novela. El primero ocurrió a las afueras del convento de San Francisco donde el alcalde de la ciudad, José Ignacio Ormaechea, detuvo la marcha para entregarle a Iturbide las llaves de la Ciudad de México, según la historia, en una bandeja de plata, el máximo símbolo de sumisión y bienvenida. En un acto de pura diplomacia y carisma, Iturbide las devolvió diciendo que las llaves debían permanecer en manos de los ciudadanos libres. Pero lo más interesante ocurrió al entrar a lo que hoy conocemos como el zócalo capitalino (Plaza de la Constitución). En el balcón principal del palacio virreinal esperaba Juan O’Donojú, el último jefe político superior de la Nueva España. Al ver llegar a las tropas, el viejo imperio se desvanecía formalmente mientras el nuevo ejército independiente saludaba al balcón, sellando el nacimiento de México en el mismo lugar donde hoy, más de dos siglos después, la arenga conmemorativa a la soberanía nacional se lleva a cabo cada noche del 15 de septiembre. No obstante, la estructuración de este evento como un festejo cívico recurrente en la fecha del estallido insurgente se debe al primer presidente del país, Guadalupe Victoria, quien en 1825 decretó oficialmente el 16 de septiembre como fiesta nacional. 

Actualmente, este desfile se ha consolidado no sólo como un acto conmemorativo, sino que también ha cimentado las bases para constituir narrativas de los distintos gobiernos en turno. En caso del último desfile encabezado por la presidenta Claudia Sheinbaum, destacó principalmente la memoria, el papel y la participación de la mujer en la vida pública y social de México  a lo largo de la historia, desde las comunidades indígenas hasta las integrantes de las fuerzas armadas. Aunque  la participación formal de las mujeres en los contingentes de las Fuerzas Armadas comenzó a visibilizarse con fuerza en 2008 gracias a la incorporación de bloques de la Escuela Militar de Enfermería, este proceso de equidad alcanzó una frontera histórica en 2017, cuando un contingente operativo de la Policía Militar fue comandado íntegramente por mujeres al frente de la columna del desfile.

En este sentido narrativo y sociocultural, el recorrido histórico que fluye entre la Plaza de la Constitución, la Avenida Juárez y el Paseo de la Reforma resignifica el espacio urbano de la capital, convirtiéndose también en un museo dinámico donde la memoria colectiva toma protagonismo, recorriendo y resignificando con cada bota, casco y rueda que hace retumbar a son de tambores y cornetas. Este ejercicio masivo fomenta de manera intergeneracional el orgullo, el sentido de identidad nacional y la cohesión familiar, pero también puede fungir como un espacio para la resonancia cultural desde donde se proyecta la identidad e incluso los ejes sobre los que una gestión Federal se afianza para desarrollar su agenda política. Sin embargo, eso ya es otro cantar.

EMILIANO RUIZ

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