
Cocinar arroz, preparar la cena, limpiar el baño, son algunas acciones que fuera de cámaras probablemente quedarían reducidas a acciones domésticas de rutina, pero que en el reality de La Casa de los Famosos han adquirido otra dimensión.
Bastaron sólo unos días para que la temporada 2026 sorprendiera a todos los televidentes con una controversia que ha dado mucho de qué hablar, cuyos protagonistas son Cynthia Klitbo y Masad Altamimi. En esta ocasión fue por temas relacionados con los alimentos. Primero la actriz cuestionó la cantidad de un alimento que su compañero había tomado cuando otros habitantes todavía no comían; después, ambos discutieron porque Klitbo preparó frijoles con tocino, alimento que Masad no consume por motivos religiosos. Más adelante apareció también el reclamo por la distribución de las tareas domésticas.
La controversia salió del plano televisivo para convertirse en fragmentos que circularon en las redes sociales, los espectadores tomaron partido y lo que era una discusión por un tema cotidiano se convirtió en material de conversación para personas ajenas al conflicto.
Pero esto ya se había visto antes… en el mismo reality, dos años antes, una discusión protagonizada por la actriz Gala Montes y el presentador Adrián Marcelo marcó una de las mayores controversias de la segunda temporada del reality. Lo que comenzó como un enfrentamiento entre habitantes terminó tocando aspectos relacionados con la vida personal y temas de salud mental de la actriz, lo que provocó que el conflicto saliera de la pantalla y se convirtiera en un tema de conversación.
Dicha situación escaló al grado de que TelevisaUnivision publicó un comunicado en septiembre de 2024 en el que señaló que no toleraba la violencia de género ni psicológica en contra de ninguna mujer y anunció que trabajaría junto con EndemolShine Boomdog para realizar mejoras a partir de lo ocurrido durante aquella edición.
Pese a que los personajes, las circunstancias y los contextos son distintos, comparten un mismo elemento: el conflicto atrae las miradas de los espectadores. Pero ¿por qué millones de personas estamos dispuestas a dedicar parte de nuestro tiempo a observar la vida cotidiana, discusiones, errores y momentos incómodos de personas que, en muchos casos, ni siquiera conocemos?
Una casa diseñada para ser observada
Pese a que el mismo nombre del programa advierte que hay personajes de la vida pública, el programa funciona como un enorme espacio de observación.
En la temporada actual, los habitantes permanecerán aislados durante 10 semanas mientras que más de 60 cámaras y 73 micrófonos registran los movimientos de cada uno durante las 24 horas del día. De acuerdo con la propia producción, este sistema permite seguir conversaciones, reacciones, discusiones y estrategias prácticamente en todo momento, por lo que el espectador ya no depende de la Gala exclusivamente para saber lo que pasa dentro de esas cuatro paredes.
ViX, por ejemplo, ofrece transmisiones desde varias partes de la casa, tales como los dormitorios, la cocina y otra función multiventana que permite observar varias cámaras de forma simultánea. La plataforma posibilita seguir a los habitantes desde que despiertan hasta que se duermen, así como el acceso a casi todos los rincones de la casa. Traduciendo la intimidad en contenido.
Hoy una acción tan simple como comer, dormir, mantener una conversación e incluso mostrar los sentimientos, es contenido.
Sin embargo, esta atracción por observar la intimidad ajena no nació con La Casa de los Famosos. Se trata de un fenómeno que el investigador en comunicación Lemi Baruh ha estudiado bajo el concepto de “voyeurismo mediado”.
De acuerdo con un trabajo publicado en Media Psychology en 2010, Baruh encontró una relación positiva entre el voyeurismo y el consumo de programas de telerrealidad, particularmente cuando la televisión sirve como vehículo para satisfacer el interés por observar aspectos de la vida de otras personas.
Entre los elementos que aumentan el interés del público están las escenas que ocurren en espacios privados, el chisme y, sobre todo, la sensación de estar observando algo que normalmente permanecería fuera de nuestra vista. Para Baruh es como convertirse en una “mosca en la pared”: presenciar conversaciones, conflictos y momentos íntimos sin intervenir en ellos.
En este punto, la comparación con LCDLF es inevitable, pues mientras el participante vive el conflicto, el espectador puede observarlo desde su celular. Sin intervenir, sin ser visto y sin asumir las consecuencias directas de todo aquello que sucede frente a la cámara.
Aunque las razones para consumir estos programas pueden variar, la posibilidad de acceder a la intimidad de otros forma parte del atractivo que la investigación académica ha identificado en este género.
A este término se agrega otro fenómeno analizado por Melissa Ames: el schadenfreude, una palabra de origen alemán que se refiere al placer o satisfacción que puede aparecer ante la desgracia del otro.
Ambos términos encajan perfecto en la cultura de la vigilancia y en estos vienen implicadas emociones y valoraciones construidas hacia las personas observadas.
A este punto los consumidores de LCDLF ya tienen bien definidos a los bandos entre los favoritos y los rivales.
A esto se suma que el programa entrega al público el poder real dentro de la competencia mediante las votaciones. En México, durante la edición 2026, el acceso gratuito permite un voto diario, mientras los usuarios de ViX Premium pueden emitir hasta 10.
De esta forma el espectador deja de ser solo un testigo más, para convertirse en un participante.
Y cuando algunos de los participantes convertidos en “villanos” por la audiencia pierden una discusión, son nominados o eliminados, en algunos casos el resultado puede sentirse como una victoria propia para los televidentes.
De acuerdo con reportes de TelevisaUnivision, tan solo en la segunda temporada del show se contabilizaron un total de 213 millones de votos, 412 millones de horas consumidas por ViX y más de 19,000 millones de reproducciones de video en redes sociales. Y pese a que no hay un dato preciso sobre el consumo de contenido de peleas o conflictivo, esto permite dimensionar la magnitud del fenómeno.
Realities antes vs. ahora: cuando el conflicto traspasa la televisión
Algo que es importante de tomar en cuenta la adaptación del formato a las nuevas generaciones. Mientras que en los primeros realities televisivos bastaba con apagar el televisor para terminar con la observación, hoy, la discusión puede permanecer horas, días o hasta semanas gracias a las redes sociales.
Ejemplo de ello es la discusión que Cynthia Klitbo sostuvo con Aldo Rendón durante la actual temporada. A solo un día de haberse publicado en la red social TikTok de Las Estrellas, ya cuenta con más de 220 mil reacciones, un video que conforme pase el tiempo va a mostrar números diferentes.
Entonces… ¿el problema es la Casa?
Sería sencillo solamente responsabilizar a la televisora o el programa que emite este contenido ya que la propia promoción de la edición 2026 reconoce que un mayor número de participantes puede incrementar las tensiones, alianzas y conflictos.
Pero un reality necesita otra parte para funcionar: el público.
Durante décadas la televisión ha sido señalada por convertir problemáticas sociales en espectáculo, sin embargo, hoy ya no únicamente se ven, sino que también se comparte, se comenta, se edita y se elige un bando públicamente.
Por lo que a este punto la conversación deja de ser si la culpa la tiene un actor extranjero o una cantante mexicana, sino en ¿qué encuentra el público en las peleas que hace tan difícil dejar de mirarlas?
Curiosidad, identificación, entretenimiento o la oportunidad de compararnos con otros. El placer de ver triunfar a quien consideramos nuestro favorito o fracasar a quien hemos convertido en antagonista. O simplemente esa antigua fascinación humana por conocer aquello que normalmente sucedería detrás de una puerta cerrada.
La Casa de los Famosos es una especie de experimento en el que sus habitantes son conscientes de que decenas de cámaras los observan mientras millones de espectadores conservan un privilegio que ellos no tienen: mirar sin ser vistos.
ANDREA QUINTERO