“Pepe” Chedraui hace un llamado a la inversión para el Centro Histórico poblano: cuatro mil millones de pesos para un megaproyecto que involucra a uno de los empresarios mexicanos más reconocidos y que recuerda a un pasado controversial en la Ciudad de México.
EMILIANO RUIZ
Una noticia de este impacto no pasa desapercibida y Fritz Glockner es plenamente consciente de ello. Sabe que Carlos Slim visita Puebla y que el magnate llega con un proyecto para el Paseo de San Francisco; sin embargo, mantiene presentes las pasadas intenciones inversionistas del empresario en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Durante la rueda de prensa del pasado 1 de octubre, el secretario de Cultura fijó una postura muy clara ante la posible futura inversión de Slim en la zona centro de la capital poblana: “Me queda clarísimo que si existen, o no, otro tipo de proyectos, hay muchas necesidades… pero yo creería que sí se pueden plantear alternativas al usufructo de predios” –manifestó Glockner refiriéndose a los riesgos latentes de gentrificación y clasismo que suelen acompañar a este tipo de desarrollos.
El jueves 1 de octubre de 2026, en el Palacio Municipal de Puebla, Carlos Slim anunció que intervendrá el corazón de Puebla para ejecutar, a través de Grupo Carso, un megaproyecto que, en sus palabras, representa “un fuerte impulso para el Centro Histórico”. La preocupación surge ante un antecedente complejo con este tipo de inversiones que el empresario arrastra. Alrededor del año 2001, Slim implementó un modelo muy similar en el Centro Histórico de la Ciudad de México tras adquirir más de 60 inmuebles antiguos y vecindades. El objetivo anunciado en su momento, era “impulsar” la restauración de la capital del país para ofrecer cultura, oportunidades de vivienda, comercio y educación. Pero por más noble que pareciera la intención, el proyecto no terminó por beneficiar a la población local, sino a inversionistas y comercios de alto poder adquisitivo que encontraron una “gallina de los huevos de oro” en el primer cuadro restaurado, elevando los precios y desplazando a los habitantes originales de la zona.
Por otra parte, este acuerdo multimillonario despierta dudas generalizadas respecto a las verdaderas intenciones del presidente municipal, José “Pepe” Chedraui. A pesar que el alcalde sostiene que el proyecto beneficiará directamente a la ciudadanía, su administración ha quedado bajo el escrutinio público, pues diversos sectores interpretan el anuncio como una presunta estrategia política de cara a una posible reelección en la capital poblana. Este panorama podría desencadenar un escenario con más retos que soluciones; no solo por la gentrificación y el desplazamiento poblacional, sino por una inminente disparidad urbana donde los recursos y las acciones gubernamentales se concentren en las zonas desarrolladas, relegando a segundo plano la atención de las comunidades periféricas. Un espejo de lo que ya se vivió en la Ciudad de México.
Esta situación se suma a la preocupación colectiva por un desarrollo urbano que preserve la riqueza histórica y cultural de los espacios e inmuebles poblanos. Ante este panorama, el secretario advirtió que el empresario no puede actuar con libertad absoluta. “Carlos Slim debería tener el conocimiento de que Puebla, como ciudad, es Patrimonio de la Humanidad, reconocido por la UNESCO, y que, así como en su momento planteó acciones de intervención en el Centro Histórico de la Ciudad de México, es consciente de las reglas a cumplir” –sentenció Fritz Glockner Corte, quien también agregó que bajo esta premisa, la Secretaría de Arte y Cultura de Puebla y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) están obligados a trabajar minuciosamente y en estricta coordinación con organismos municipales, estatales y federales, al tratarse de la modificación de un entorno plenamente protegido por instancias nacionales e internacionales.
En este sentido, más allá de las promesas de desarrollo que acompañan a esta millonaria inversión, las advertencias de Glockner trascienden el espacio físico en el Centro Histórico de Puebla de Zaragoza. Sus declaraciones no solo reflejan una legítima preocupación por un desarrollo técnico adecuado y respetuoso de los inmuebles históricos, sino también una defensa de la ciudadanía y el patrimonio que reside en la zona centro y sus inmediaciones, quienes no quedan libres de riesgos a escenarios similares como los observados en Ciudad de México.
La cuestión es que, cuando hablamos de patrimonio, muchas veces encasillamos el concepto únicamente a recintos, estructuras, reservas ecológicas y productos. Sin embargo el concepto trasciende lo tangible. Cuando el patrimonio llega a la mesa de diálogo, entra con todos sus colores, sabores, sonidos, diversidad y también con voces, manos, pasos y miradas que la construyen, la moldean y, sobre todo, que la habitan.
Patrimonio se constituye también a través de las mentes que logran que un espacio tan importante como el Centro Histórico de Puebla no se consolide únicamente como los vestigios de una historia que durará lo mismo que un ladrillo tarda en erosionar, sino en historia viva: donde la voz de los bohemios en el Callejón del artista se entrelaza con las manos maestras que aperturan la historia artesana ante los transeúntes en el Callejón de los sapos; donde el deseo del infante hecho risa, tras recibir en sus manos un generoso vaso de nieve de mandarina, de nogada o de pasitas, cruza camino con las callejoneadas nocturnas donde las leyendas cobran vida entre sombras e intriga; donde el zapatero local asombra la vista en un horizonte donde los aromas de las Tortitas de santa Clara y el mole tradicional; donde aquellos que somos “de a pie” encontramos un rincón para contemplar y compartir sin tanta complicación. Es ahí donde reside el patrimonio y la magia que implica recorrer el Centro Histórico poblano al amanecer, en el ocaso, o bajo la luz de la luna.