
Labios gruesos, cintura pequeña, piel sin texturas, abundantes cejas y un rostro definido. Después, labios más discretos, cuerpos extremadamente delgados, poco maquillaje y una apariencia que parezca no haber requerido “demasiado esfuerzo”.
Este es un ejemplo de cambio de ideales. Lo que ayer parecía indispensable, mañana puede convertirse en aquello que ya queremos más. Pero mientras las tendencias van y vienen en las pantallas nos olvidamos de cuestionarnos cosas esenciales como: ¿Cuánto de lo que queremos cambiar de nuestra apariencia nació realmente de nosotros y cuánto aprendimos a querer después de verlo una y otra vez?
Los medios de comunicación han participado en la construcción de ideales de belleza. Sin embargo, actualmente la exposición está al alcance de todos gracias al teléfono celular y puede acompañarnos desde que despertamos hasta que termina el día. De acuerdo con la nota: De la dictadura única de la delgadez al modelo ‘frankenstein’: abdominales de acero, culo Kardashian, bótox facialdel medio El País, redes sociales como Instagram y TikTok multiplicaron los mensajes relacionados con el cuerpo, la juventud y la apariencia, haciendo que los cánones de belleza ya no se limiten a una sola figura, sino que se fragmenten: determinada cintura, un tipo especial de labios, abdominales marcados, una piel especifica o rostros sin signos de envejecimiento.
De mirar a comparar
Actualmente es común que la influencia inicie deslizando el dedo sobre una pantalla.
Una fotografía por si sola probablemente no modifique lo que pensamos de nuestro cuerpo. El problema posiblemente aparezca cuando determinados rostros, siluetas y estilos que se repiten hasta convertirse en una referencia de lo que supuestamente es deseable.
En la investigación Según una investigación interna de Meta, Instagram muestra más contenido relacionado con trastornos alimenticios a adolescentes vulnerables, hecha por Reuters en 2025 reveló los resultados de una investigación interna de Meta realizada con 1,149 adolescentes en 2023 y 2024. Entre quienes dijeron que esta red social frecuentemente les hacía sentirse mal con su cuerpo, el 10.5% del contenido revisado por los investigadores estaba relacionado con el cuerpo y temas cercanos a conductas alimentarias problemáticas; entre el resto de los participantes representaba 3.3%. La propia investigación aclaró que estos resultados muestran una asociación, no que Instagram sea necesariamente la causa del malestar corporal.
El dato permite observar un fenómeno más grave: aquello que consumimos tambien puede alimentar aquello con lo que terminamos comparándonos.
De acuerdo con especialistas consultados por El País, la sobreexposición a determinados contenidos en redes puede favorecer procesos de comparación en los que una persona termina enfrentando aquello que menos le gusta de si misma con la versión más cuidada de alguien más. Además, fotografías editadas, filtros, iluminación, poses y herramientas digitales pueden presentar como cotidiana una apariencia que en realidad ha sido producida.
Sin embargo, después de la comparación aparece otro paso: convertir la diferencia en defecto.
Cuando la tendencia se convierte en estándar
¿Siempre hemos querido tener esos labios enormes, una minicintura y unas cejas pobladas?
Las modas estéticas también cumplen con ciclos, al menos así lo han analizado especialistas en el TIME en donde a partir de un análisis de la familia Kardashian-Jenner han determinado que los ideales de belleza de la última década y determinados rasgos físicos terminaron siendo replicados en redes, productos de belleza y procedimientos estéticos. Años antes, el mismo medio advertía de pacientes que acudían a especialistas buscando parecerse a versiones de sí mismos modificadas mediante filtros de aplicaciones como Snapchat y Facetune.
La situación encierra una contradicción peculiar de nuestra época: mientras las redes celebran constantemente la individualidad, al mismo tiempo pueden provocar que millones de personas reciban referencias estéticas muy parecidas. Y el estándar tampoco permanece quieto.
La extrema delgadez puede sustituir a las curvas; el maquillaje cargado puede ceder el sitio al rostro aparentemente natural; el cabello perfectamente teñido puede competir con las canas y la llamada “belleza limpia”. La estética cambia tan rápido como cualquier otra tendencia de consumo.
El problema comienza cuando el cuerpo parece obligado a seguir la misma velocidad.
¿Se desea cambiar o es el sentimiento de querer hacerlo?
Modificar nuestra apariencia no necesariamente significa renunciar a la autenticidad. Una mujer puede maquillarse, teñirse el cabello, someterse a un procedimiento estético, entrenar, usar extensiones, elegir ropa extravagante o decidir no hacer ninguna de esas cosas. La diferencia está en la libertad con la que se toma la decisión.
Quizá por eso la pregunta más importante no sea si alguien decidió cambiar, sino por qué sintió deseos de hacerlo.
Incluso la aparente naturalidad puede convertirse en otra exigencia. Si después de años diciéndoles a las mujeres que deben maquillarse, adelgazar o esconder su edad comenzamos a decirles que para ser auténticas tienen que abandonar el maquillaje, las cirugías o cualquier modificación estética, únicamente habremos cambiado un mandato por otro.
La autenticidad no debería significar naturalidad obligatoria, sino el poder de elección. Y algunas mujeres conocidas internacionalmente han utilizado precisamente su apariencia para defender esa posibilidad.
Ejemplo de ello es Pamela Anderson, quien durante décadas estuvo asociada con una de las imágenes más reconocibles de la cultura popular de los noventa: cabello rubio, maquillaje intenso y una estética profundamente vinculada con Baywatch.
Décadas después ocurrió algo aparentemente sencillo que terminó provocando titulares internacionales: comenzó a presentarse en importantes eventos prácticamente sin maquillaje.
Associated Press documentó en 2025 que Anderson había convertido esta decisión en una expresión de libertad personal. Lejos de declarar una guerra contra los cosméticos, ha explicado que simplemente ya no siente la necesidad de utilizarlos siempre. Incluso ha recurrido nuevamente al maquillaje cuando un personaje, un evento o ella misma así lo desea.
Aquí el mensaje no es que maquillarse esté mal. Es que una mujer que pasó buena parte de su vida siendo observada bajo un estándar concreto descubrió que también podía decidir cuándo dejar de cumplirlo.
Quien representa otra cara del mismo problema es Billie Eilish. Cuando inició su carrera la cantante convirtió la ropa holgada en una parte característica de su imagen. Ella misma explicó que una de sus razones era impedir que desconocidos opinaran constantemente sobre la forma de su cuerpo.
Pero cuando años después decidió experimentar con una estética más femenina y prendas diferentes, las críticas simplemente cambiaron de dirección.
Tras ser cuestionada tanto por vestir de manera considerada masculina como por adoptar posteriormente estilos más femeninos en una entrevista en 2023, Eilish defendió algo aparentemente elemental: que las mujeres puedan modificar su forma de vestir sin que cada cambio tenga que convertirse en un juicio sobre su identidad o su cuerpo.
Su historia demuestra una trampa frecuente: una mujer puede ser cuestionada por mostrar demasiado y también por mostrar demasiado poco.
Entonces, ¿cuál es la medida correcta? Probablemente la que ella decida.
Los estándares de belleza no solamente hablan de peso, edad o maquillaje. También se han construido históricamente alrededor del color de piel, los rasgos y aquello que los medios deciden mostrar como aspiracional.
La aparición de Yalitza Aparicio en Roma abrió una conversación en México que trascendió el cine. Tras protagonizar la película de Alfonso Cuarón, la actriz oaxaqueña de origen mixteco apareció en la portada de Vogue México y comenzó a ocupar alfombras rojas y espacios de moda donde durante décadas predominó una representación femenina mucho más limitada.
Para muchos, esta portada es un precedente relevante en la representación de las mujeres indígenas, además de que, en palabras de la actriz, hay una ruptura de estereotipos que establecen que tipo de personas podían aspirar a estar en un material cinematográfico y una revista de moda.
En este caso, la autenticidad no consistió en rechazar vestidos, maquillaje o alta costura. Todo lo contrario: consistió en entrar a esos espacios sin dejar de representar los rasgos y el origen que durante mucho tiempo estuvieron ausentes de ellos. Entonces, ¿cómo se ve una mujer auténtica? Puede tener canas, teñirse el cabello cada semana, utilizar maquillaje o presentar un rostro al natural. Puede disfrutar un vestido entallado o sentirse más cómoda dentro de una sudadera enorme. Puede tener arrugas, estrías, curvas, un cuerpo delgado, músculos, tratamientos estéticos o ninguno. Porque probablemente el problema comenzó desde la pregunta.
La autenticidad no tiene apariencia determinada
En un mundo donde una tendencia puede atravesar millones de pantallas en cuestión de horas, quizá resistirse no significa ignorar todo lo que está de moda. Significa conservar la capacidad de preguntarnos si realmente lo queremos antes de convertirlo en una nueva exigencia personal.
Porque siempre aparecerá otro rostro, otro cuerpo, otra tendencia y otro supuesto defecto que corregir.
Las cejas volverán a adelgazar. Los labios cambiarán. Las siluetas que hoy acumulan millones de reproducciones eventualmente serán reemplazadas por otras. Incluso aquello que ahora llamamos “natural” probablemente adquirirá una nueva forma.
Por ello el cuerpo no tendría por qué vivir por temporadas, y tal vez el mayor acto de autenticidad no sea aprender a amar cada centímetro de nosotros todos los días (algo que también puede convertirse en una exigencia imposible), sino reconocer que nuestra apariencia no necesita obtener la aprobación colectiva para pertenecernos.
ANDREA QUINTERO