
La polémica volvió a alcanzar a José Manuel Torres Morales, mejor conocido como Chumel Torres. Esta vez, no por una crítica política, una investigación periodística o un comentario sobre la coyuntura nacional, sino por utilizar la imagen de una persona con síndrome de Down para burlarse de otro usuario en redes sociales.
Todo inició cuando el usuario Adrián Chávez publicó en su red social “X” “Al margen de la coyuntura yo creí que no ver TV Azteca era una práctica básica de higiene cognitiva” aludiendo a que, en días pasados, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo recomendó a los mexicanos, no consumir contenido de dicho canal. Fue entonces que Chumel tuvo la “brillante idea” de responder con una imagen en donde se observa a un hombre con Síndrome de Down.
El episodio reavivó una discusión que ha acompañado al creador de contenido durante buena parte de su carrera: ¿hasta dónde llega la libertad de expresión y dónde comienza la discriminación?
Los defensores de Chumel argumentan que se trata de humor, sátira política y ejercicio libre de opinión. Sin embargo, sus críticos señalan que existe una diferencia importante entre cuestionar al poder y utilizar características físicas, condiciones sociales o discapacidades como herramienta de burla.
La controversia no surgió únicamente por la publicación en sí, sino porque para muchos usuarios representó un patrón repetido. Durante años, Torres ha enfrentado cuestionamientos por comentarios considerados clasistas, racistas, misóginos o discriminatorios. Entre los casos más recordados se encuentra el uso del término “chocoflan” para referirse al hijo menor del entonces presidente Andrés Manuel López Obrador, situación que provocó una fuerte reacción pública y derivó en la cancelación de su programa en HBO.
También han sido rescatadas publicaciones donde se burla de personas de origen indígena, mujeres o sectores populares bajo el argumento de la comedia política. Para sus detractores, el problema no es el humor, sino quién se convierte en el blanco de ese humor.
La discusión resulta especialmente relevante porque Chumel Torres ha construido su marca personal presentándose como una voz crítica frente al poder político. No obstante, una parte de la opinión pública considera que la crítica pierde legitimidad cuando recurre a estereotipos o prejuicios para generar impacto.
Tras la reciente polémica, el conductor ofreció una disculpa pública. Sin embargo, la reacción tampoco estuvo exenta de cuestionamientos. Muchos usuarios consideraron que pidió perdón a quienes “se sintieron ofendidos” en lugar de reconocer el daño que podía generar el contenido compartido. Más tarde, nuevas publicaciones donde minimizaba la controversia alimentaron la percepción de que el arrepentimiento respondía más a la presión pública que a una reflexión genuina.
Otro aspecto que llamó la atención fue la necesidad de deslindar a Grupo Fórmula de sus opiniones. Para diversos observadores, ello evidenció que el problema trascendió el terreno de las redes sociales y alcanzó una dimensión profesional y corporativa.
La pregunta de fondo no es si Chumel Torres tiene derecho a expresarse. Porque lo tiene. Como cualquier ciudadano mexicano, goza de libertad de expresión. La verdadera discusión es si una figura pública que influye sobre millones de personas debe asumir responsabilidad por los mensajes que difunde.
Porque una cosa es cuestionar gobiernos, partidos o personajes públicos y otra muy distinta es convertir la discapacidad, el color de piel, el origen social o el género en el remate de un chiste.
La libertad de expresión protege el derecho a hablar, pero no exime a nadie de enfrentar las consecuencias sociales, éticas o profesionales de lo que decide decir.
Ante este panorama surge la verdadera pregunta, ¿Será que el peor enemigo de Chumel Torres es el propio Chumel Torres?
Porque resulta difícil sostener la narrativa de que todas sus polémicas son producto de una persecución cuando una y otra vez los problemas parecen originarse en sus propias publicaciones.
No fue un adversario político quien publicó una imagen asociada a una persona con síndrome de Down para burlarse de alguien, no fue el gobierno quien escribió comentarios que muchos consideraron clasistas, racistas o misóginos.
No fue HBO quien redactó los mensajes que terminaron convirtiéndose en un problema para su programa, fue él mismo, lo que abre una discusión mucho más profunda sobre el papel que juegan los comunicadores que construyen su influencia a partir de la provocación constante. Porque la irreverencia puede generar audiencia, la polémica puede generar clics y el escándalo puede generar tendencias.
Pero cuando las controversias dejan de ser excepciones y comienzan a convertirse en una constante, quizás el problema ya no está en quienes critican los comentarios, sino en quien insiste en repetir el mismo patrón.
Chumel Torres ha construido buena parte de su carrera presentándose como un crítico del poder y un defensor de la libertad de expresión. Sin embargo, la libertad de expresión también implica asumir las consecuencias de lo que se dice.
Y tal vez ahí radique la contradicción más grande de su personaje público: exige tolerancia para sus palabras, pero con frecuencia termina atrapado por ellas.
Porque después de cada disculpa, de cada explicación y de cada nueva polémica, queda la misma sensación: que nadie ha puesto más obstáculos en la carrera de Chumel Torres que el propio Chumel Torres.