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México entre la pasión futbolera y las restricciones de la FIFA

México entre la pasión futbolera y las restricciones de la FIFA

Estamos a horas de que México vuelva a convertirse en escenario de una Copa del Mundo. El país que hizo historia en 1970 y 1986 se prepara para recibir a millones de aficionados, una derrama económica multimillonaria y una fiesta futbolística que promete llenar calles, plazas, restaurantes y pantallas. 

Pero esta vez la emoción llega acompañada de un debate que poco tiene que ver con el deporte y mucho con el negocio.

Porque si bien el Mundial es fútbol, también es una industria que mueve miles de millones de dólares. Y cuando la competencia se acerca, las reglas ya no se limitan a lo que ocurre dentro de la cancha; también alcanzan a comerciantes, restauranteros, emprendedores y pequeños negocios que buscan aprovechar el entusiasmo que genera el torneo.  

La FIFA ha dejado claro que prácticamente cualquier uso comercial relacionado con la Copa del Mundo deberá contar con su autorización. Con ello, un restaurante podría enfrentar sanciones si transmite partidos sin las licencias correspondientes para uso comercial. Sin embargo, el golpe más duro llega para los pequeños negocios pues con esto una taquería podría meterse en problemas si intenta promocionarse utilizando expresiones asociadas al torneo. Incluso el uso de determinadas frases, logotipos o elementos vinculados al Mundial puede derivar en procedimientos por propiedad intelectual. Las multas, según las disposiciones vigentes, podrían alcanzar hasta los 29 millones de pesos. 

La explicación legal existe. La FIFA sostiene que estas medidas buscan proteger los derechos de transmisión, combatir la piratería y evitar que terceros obtengan beneficios económicos utilizando marcas registradas sin autorización. Sin embargo, la discusión va mucho más allá de la ley.

México es un país donde una parte importante de la economía cotidiana depende del pequeño comercio. Fondas, restaurantes, puestos de comida, bares familiares y negocios locales suelen encontrar en los grandes eventos deportivos una oportunidad para incrementar sus ingresos y atraer clientes. 

Por ello, para muchos comerciantes y clientes resulta difícil comprender cómo una fiesta que se celebrará en su propio país puede convertirse en un terreno lleno de restricciones donde incluso las palabras parecen tener dueño. 

La situación adquiere una dimensión distinta cuando se observa el papel que desempeña México como país anfitrión.

El gobierno mexicano, junto con los gobiernos estatales y municipales involucrados, destinan recursos públicos para fortalecer la infraestructura, garantizar la seguridad, mejorar la movilidad y adecuar espacios que permitan el desarrollo exitoso del torneo. 

Es decir, el país asume parte importante de la responsabilidad logística y operativa que implica recibir uno de los eventos deportivos más grandes del planeta, entonces ¿Por qué los pequeños negocios enfrentan restricciones para aprovecharlo? 

De acuerdo con información oficial la propia FIFA proyecta ingresos superiores a los 3 mil millones de dólares únicamente por concepto de derechos audiovisuales. Mientras tanto, miles de negocios mexicanos intentan averiguar qué pueden decir, qué pueden vender y hasta qué partidos pueden transmitir sin exponerse a una sanción.  

Aunque pocos cuestionan la necesidad de combatir la piratería y proteger derechos comerciales legítimos, lo que realmente genera incomodidad es la percepción de que las restricciones parecen diseñadas para proteger principalmente a los grandes patrocinadores globales.    

Y es aquí donde surge otro cuestionamiento ¿La FIFA aplica estas mismas reglas en los tres países anfitriones: México, Estados Unidos y Canadá? En teoría, las restricciones sobre marcas, transmisiones comerciales y publicidad no autorizada son exactamente las mismas. Pero el impacto dista de ser igual.  

En Estados Unidos, por ejemplo, gran parte de la actividad económica relacionada con eventos deportivos ocurre a través de empresas consolidadas, cadenas comerciales y establecimientos que habitualmente operan bajo esquemas de licenciamiento. Canadá presenta condiciones similares, con niveles de informalidad considerablemente menores a las de nuestro país y tomando en cuenta que en México el mundial no solo se vive en los estadios, sino en la fonda de la esquina, en el puesto de tacos que instala una televisión para atraer clientes, en el restaurante familiar que organiza promociones durante los partidos o en el pequeño comerciante que busca aprovechar la euforia futbolera para aumentar sus ventas; queda en evidencia que las mismas reglas pueden tener efectos muy distintos dependiendo del contexto económico de cada país. 

Aunque la FIFA habla constantemente de inclusión, desarrollo comunitario y legado social, en esta ocasión parece que favorece principalmente a quienes tiene la capacidad de adquisición de licencias y patrocinios. 

Pese a que la organización asegura que el Mundial dejará importantes beneficios económicos para las ciudades anfitrionas, existe el riesgo de que una parte importante de esos beneficios termine concentrándose en quienes cuentan con los recursos suficientes para participar dentro del esquema comercial oficial. Mientras tanto, el pequeño comerciante sigue preguntándose si podrá colocar una lona, organizar una transmisión o promocionar una oferta especial sin exponerse a una multa millonaria.

La pregunta que queda sobre la mesa es ¿México es anfitrión de la Copa del Mundo o simplemente está rentando su casa para una fiesta cuyas reglas fueron escritas por alguien más?

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