
En medio del debate sobre el uso de animales en la educación superior, un grupo de 34 conejos del Instituto Politécnico Nacional (IPN) se ha convertido en el centro de una discusión que va más allá de un conflicto estudiantil: la forma en que las instituciones educativas entienden la ciencia, la ética y el bienestar animal.
La controversia comenzó cuando se dio a conocer que estos animales, destinados a prácticas quirúrgicas en la Escuela Superior de Medicina, serían sacrificados debido a que ya no serían utilizados como consecuencia de los paros que afectaron las actividades académicas. Los conejos eran empleados en ejercicios donde estudiantes aprendían procedimientos quirúrgicos, suturas y extracción de órganos como parte de su formación.
Sin embargo, la decisión provocó una fuerte reacción entre estudiantes, activistas y organizaciones defensoras de los animales, quienes cuestionaron tanto el destino de los ejemplares como la permanencia de este tipo de prácticas en una época donde existen herramientas tecnológicas y modelos alternativos de enseñanza.
El caso tomó un nuevo rumbo cuando, tras las protestas, autoridades del IPN se comprometieron a buscar una salida que permitiera salvar a los animales. De acuerdo con colectivos involucrados en el tema, la propuesta consistía en trasladarlos a un santuario especializado donde pudieran vivir bajo cuidados adecuados y evitar así su sacrificio. No obstante, a varios días de aquel compromiso, activistas señalan que no existe una acción concreta que garantice el rescate de los conejos. La incertidumbre persiste mientras organizaciones de protección animal mantienen la exigencia de que se cumpla la promesa realizada por las autoridades.
La situación también ha puesto nuevamente bajo la lupa el uso de animales vivos en prácticas académicas. Colectivos como UNAM Sin Violencia Animal y Te Protejo, han impulsado campañas de concientización para promover métodos alternativos de enseñanza que reduzcan o eliminen la utilización de seres sintientes en laboratorios universitarios.
Para estas agrupaciones, el objetivo no es únicamente salvar a los 34 conejos, sino abrir una discusión más amplia sobre la modernización de la educación científica. Argumentan que actualmente existen simuladores, modelos digitales, programas de realidad virtual y otras herramientas que permiten desarrollar habilidades médicas sin recurrir a procedimientos invasivos en animales vivos.
Los activistas también señalan que este no es un tema nuevo dentro de las instituciones educativas. Recuerdan que años atrás diversas denuncias lograron reducir el uso de perros en ciertas prácticas, aunque posteriormente fueron sustituidos por otras especies, como conejos y cerdos. Desde su perspectiva, el problema de fondo sigue sin resolverse.
Además, denuncian que algunos estudiantes que se niegan a participar en este tipo de actividades enfrentan presiones académicas o dificultades para acceder a alternativas educativas, pese a que la legislación y los principios de bienestar animal avanzan hacia una mayor protección de los seres sintientes.
Más allá de la polémica inmediata, el movimiento busca que universidades y centros de formación revisen sus protocolos, fortalezcan los mecanismos de supervisión, involucren de manera más activa a los comités de bioética y adopten tecnologías que permitan una enseñanza acorde con los avances científicos actuales.
Mientras tanto, la pregunta continúa sin respuesta definitiva: ¿qué ocurrirá con los 34 conejos? Aunque las autoridades del IPN anunciaron una alternativa distinta al sacrificio, los colectivos aseguran que, hasta ahora, el compromiso sigue sin materializarse. Y para quienes impulsan esta causa, el tiempo se ha convertido en un factor tan importante como la propia discusión sobre el futuro de la educación y el bienestar animal en México.