
Hay lugares que aparecen en los mapas. Y hay otros que terminan formando parte de la identidad de una ciudad. La Zona Rosa pertenece a la segunda categoría.
Ubicada en el corazón de la colonia Juárez, a unos pasos del Paseo de la Reforma, este barrio ha sido muchas cosas a lo largo de más de un siglo: refugio de la élite porfiriana, punto de encuentro de artistas e intelectuales, centro turístico, epicentro de la vida nocturna y, con el paso del tiempo, uno de los espacios más representativos de la comunidad LGBTIQ+ en México.
Hoy resulta difícil imaginar la Ciudad de México sin sus calles llenas de cafés, bares, galerías, turistas y banderas arcoíris. Sin embargo, la historia de este emblemático rincón comenzó mucho antes de que la calle Amberes se convirtiera en una referencia obligada para la diversidad sexual en la capital.
A finales del siglo XIX, los terrenos que hoy conforman la colonia Juárez comenzaron a urbanizarse como una zona residencial para las familias más acomodadas de la capital. Inspirados en modelos europeos, arquitectos y desarrolladores construyeron mansiones, chalets y edificios que buscaban reflejar modernidad, prestigio y sofisticación.
Durante décadas, vivir en esta zona fue símbolo de estatus. Sin embargo, conforme la ciudad creció y aparecieron nuevos polos residenciales como Polanco y Lomas de Chapultepec, muchas de estas familias abandonaron el barrio.
Lo que parecía el inicio de una decadencia terminó convirtiéndose en una oportunidad para reinventarse.
Las antiguas casonas comenzaron a transformarse en galerías de arte, librerías, cafeterías, restaurantes y centros culturales. Para las décadas de 1950 y 1960, Zona Rosa se había convertido en uno de los principales puntos de encuentro para artistas, escritores, periodistas e intelectuales. Era común encontrar en sus calles a pintores, músicos y figuras de la cultura mexicana que acudían a debatir ideas, crear proyectos o simplemente convivir en un ambiente distinto al del resto de la ciudad.
Fue precisamente durante esta etapa cuando nació el nombre que terminaría identificando al barrio.
Pese a queexisten distintas versiones sobre el origen de su nombre. Una de las más conocidas sostiene que varios de sus edificios estaban pintados en tonalidades rosadas, lo que habría inspirado el apodo.
Otra teoría señala al artista José Luis Cuevas como uno de los impulsores de la denominación. Sin embargo, la explicación más popular se atribuye al escritor Vicente Leñero, quien describió al lugar como una zona “demasiado tímida para ser roja y demasiado atrevida para ser blanca”. La frase logró resumir perfectamente el carácter del barrio: elegante, pero irreverente; tradicional, pero rebelde; turística, pero profundamente chilanga.
Pero ¿Cómo fue que paso a formar una área importante para la comunidad LGBTIQ+?
Mucho antes de que las banderas arcoíris colorearan sus calles, la comunidad LGBT+ ya encontraba espacios de encuentro en la Zona Rosa.
Durante la década de 1970 comenzaron a realizarse reuniones y fiestas que, en un contexto marcado por la discriminación y los prejuicios, representaban auténticos actos de resistencia. Muchos de estos encuentros ocurrían de manera discreta en espacios privados, estacionamientos o sitios alejados de la mirada pública.
Con el tiempo surgieron establecimientos que ofrecían algo más que entretenimiento: seguridad, comunidad y pertenencia.
Uno de los más emblemáticos fue “El Nueve”, inaugurado en 1977 y considerado uno de los primeros bares abiertamente dirigidos a la diversidad sexual en México. Más que un centro nocturno, se convirtió en un punto de encuentro para artistas, activistas y personas que buscaban vivir su identidad con mayor libertad.
Sin embargo, el terremoto de 1985 transformó profundamente la Ciudad de México y la Zona Rosa no fue la excepción. Muchos negocios cerraron y algunas áreas perdieron dinamismo. Pero, en medio de ese proceso de reconstrucción, la comunidad LGBT+ encontró una nueva oportunidad para fortalecer su presencia en el barrio. Durante las décadas siguientes comenzaron a multiplicarse los bares, centros nocturnos y comercios dirigidos a la diversidad sexual, especialmente en calles como Amberes.
Poco a poco, Zona Rosa dejó de ser únicamente un corredor cultural y turístico para convertirse también en un referente de inclusión y libertad.
Desde entonces, esta zona ha trascendido su papel como área de entretenimiento, para convertirse en parte de la historia de miles de personas que encontraron ahí un espacio donde podían caminar tomadas de la mano sin esconderse, expresar quiénes eran y construir comunidad en una época en la que hacerlo no siempre era sencillo.
Por ello, cada junio, cuando la Ciudad de México se llena de colores durante el Mes del Orgullo, la Zona Rosa vuelve a ocupar un lugar central en la conversación pública. No porque sea el único espacio de la diversidad, sino porque representa décadas de visibilidad, resistencia y transformación social.
Pasó de ser un barrio aristocrático a una meca cultural; de refugio bohemio a epicentro turístico; de punto de encuentro clandestino a símbolo de libertad. Y quizá ahí radica su verdadero encanto.
Mientras la Ciudad de México sigue creciendo y reinventándose, este pequeño rincón entre Reforma e Insurgentes continúa recordando que las ciudades no se construyen únicamente con edificios y avenidas. También se construyen con memoria, con historias y con personas que se niegan a dejar de ser quienes son.
Zona Rosa es, en el fondo, eso: un barrio que aprendió a transformarse sin perder su esencia y que terminó convirtiéndose en uno de los espacios más diversos, libres y representativos de la capital mexicana.