
Si alguna vez nos preguntáramos qué hay más allá de lo evidente, quizá pensaríamos dos veces antes de compartir un video, dar retweet o guardar desinformación disfrazada de información.
La reciente manifestación de colectivos de madres buscadoras en sedes relacionadas con la Copa Mundial de la FIFA volvió a demostrar la velocidad con la que las redes sociales construyen narrativas. En cuestión de horas, las imágenes recorrieron el país y fueron utilizadas por todo tipo de usuarios: comentaristas improvisados, pseudoperiodistas, analistas de ocasión y actores políticos que convirtieron el dolor de estas mujeres en un símbolo abstracto, más útil para el debate ideológico que para comprender la complejidad de la tragedia que viven.
No es un secreto que la desaparición de personas es una de las heridas más profundas que enfrenta México. La ley reconoce el derecho de toda persona a ser buscada, sin importar su profesión, origen, ideología o circunstancias personales. Ese es precisamente el objetivo de las madres buscadoras: encontrar a sus hijos, hermanos, esposos o familiares, sin importar cuánto tiempo haya pasado.
Pero reconocer ese derecho no significa ignorar que alrededor de este tema también existen intereses políticos.
Desde que Donald Trump endureció su discurso contra México, la narrativa sobre la seguridad mexicana ha ocupado un lugar central dentro de su estrategia política. Cada declaración sobre el crimen organizado, el narcotráfico o la violencia alimenta la idea de un Estado incapaz de controlar su territorio, una percepción que sirve para justificar posturas cada vez más intervencionistas desde Washington.
En ese contexto, resulta válido preguntarse si algunas movilizaciones adquieren un significado que va mucho más allá de una protesta social.
Cuando una manifestación se realiza durante uno de los eventos deportivos con mayor cobertura mediática del planeta, deja de ser únicamente un asunto interno. La conversación cruza fronteras y pasa a formar parte del debate internacional sobre México.
Aquí es donde el periodismo tiene una enorme responsabilidad. Informar únicamente desde la emoción puede provocar que se pierda de vista el contexto político en el que ocurren los hechos. El dolor merece respeto, pero también exige análisis.
Las madres buscadoras no son responsables de la geopolítica. Es probable que muchas de ellas únicamente estén concentradas en encontrar a sus familiares y que cualquier cálculo político sea completamente ajeno a su realidad. Precisamente por ello resultan especialmente vulnerables a que distintos actores intenten apropiarse de su causa para impulsar agendas que poco tienen que ver con la búsqueda de personas desaparecidas.
También conviene recordar que el fenómeno de las desapariciones en México no admite explicaciones simplistas. Reducir más de 130 mil casos registrados únicamente a la actuación del gobierno en turno ignora décadas de violencia, corrupción, impunidad y disputas entre organizaciones criminales que comenzaron mucho antes de la actual administración.
Eso no exime al Estado de su obligación de investigar, buscar y garantizar justicia. Esa responsabilidad es irrenunciable.
Sin embargo, tampoco ayuda construir una narrativa donde toda la complejidad desaparece y únicamente existe un culpable absoluto. Convertir automáticamente a toda persona desaparecida en un símbolo político, sin contexto alguno, también distorsiona la realidad.
El riesgo es evidente. Cuando el dolor humano se convierte en herramienta de confrontación política, las víctimas dejan de ser personas para transformarse en instrumentos de propaganda. Y cuando los medios renuncian al análisis para privilegiar únicamente el impacto emocional, dejan de informar y comienzan, quizá sin proponérselo, a fortalecer narrativas que pueden ser utilizadas dentro de disputas políticas nacionales e incluso internacionales.
El sufrimiento de miles de familias mexicanas merece verdad, justicia y búsqueda. Pero también merece que su tragedia no sea utilizada como combustible para intereses políticos de ningún bando.
Porque antes de compartir una imagen o repetir una narrativa, vale la pena hacerse una pregunta: ¿estamos observando una protesta social… o también una pieza dentro de un tablero mucho más grande?