
México está lleno de maravillas y una de ellas se erige entre barro, y cientos de colores. El árbol de la vida es una de las herencias artesanales más emblemáticas del territorio mexicano y una de las más reconocidas a nivel nacional gracias a su historia tan particular, así como la riqueza histórica que guarda en cada uno de sus elementos.
Ante este escenario cultural, el Municipio de Metepec, en el Estado de México, se consolida como una de las cunas principales de esta herencia histórica. Sin embargo, el verdadero origen de estos trabajos artesanales se remonta a Izúcar de Matamoros en Puebla, donde se producían piezas con temática del Jardín del Edén.
Por sí mismo el árbol ha crecido en torno al concepto de las raíces y la vida. Esencialmente para los pueblos originarios, los árboles representaban uno de los principales ejes del mundo que conectaban con los distintos niveles universales: el inframundo, el plano terrenal y los cielos.
No obstante, más allá del significado que se dotó a estos seres naturales, los Árboles de la vida se conciben desde los llamados árboles bíblicos, que fueron utilizados por evangelizadores para llevar la religión cristiana a los pueblos originarios. Con ellos explicaban los orígenes bíblicos del universo, desde la creación de Adán y Eva, hasta la manzana de la tentación. Usualmente leídos de las raíces hasta la copa.
Fue entonces que esta artesanía guarda íntimo vínculo con la narrativa a través de sus distintos elementos. A tal punto que, con el paso del tiempo, estos trabajos comenzaron a narrar otro tipo de historias. Algunas más inspiradas en la cotidianidad, en celebraciones, otras eran más íntimas contando la herencia familiar, y algunos otros incluso se realizaron con el propósito de narrar sucesos importantes como aquellos efectuados durante la Revolución Mexicana.
Pero ¿Cómo surgen estas obras de arte tradicional?
Para sembrar y dar vida a estos árboles de barro, los alfareros llevan un proceso muy especial que transforma el lodo crudo en arte, a lo largo de varias semanas de trabajo continuo.
EL proceso inicia con la recolección de los barros locales, los cuales se dejan secar bajo el sol para luego ser triturados a golpe de mazo hasta convertirlos en un polvo extremadamente fino. Posteriormente, para fortalecer el barro, se mezcla agua y materia orgánica de la flor de la enea o tifa, una fibra vegetal que actúa como un aglutinante para evitar que el barro se quiebre.
Después el barro se amasa intensamente, y es entonces que los artesanos obtienen una pasta con la que se empieza a dar forma a el tronco y las ramas, utilizando alambres internos que soportan el peso de la estructura.
Cada hoja, flor y figura que lo adornan se realiza completamente a mano mediante la técnica del pastillaje antes de dejar secar la pieza a la sombra, protegiéndola de las corrientes de aire para evitar fisuras.
Finalmente, el árbol se introduce a hornos tradicionales que alcanzan hasta los mil grados centígrados, proceso tras el cual queda listo para ser blanqueado y decorado con todos aquellos colores tan vibrantes que conocemos, con el uso de pinturas, pinturas acrílicas o pigmentos naturales.
Este trabajo histórico trasciende y se convierte como uno de los tantos símbolos de identidad nacional. Y ha llegado tan lejos que incluso una de estas piezas monumentales fue obsequiada al Papa Pablo VI y pasó a formar parte de la colección del Vaticano.
Es tan profunda la identidad nacional que profesa, que también el Banco de México inmortalizó el diseño de un árbol de Metepec en el reverso de los recordados billetes de quinientos pesos de la familia de Diego Rivera y Frida Kahlo.
Hoy en día, la tradición permanece en pie y continúa adaptando su hechura a los tiempos modernos, por lo que ya no es raro ver piezas contemporáneas donde los artesanos plasman narrativas más contemporáneas, como la lucha contra el cambio climático o los desafíos de la era tecnológica del siglo veintiuno.