
¿Qué pasa cuando una adolescente trans se vuelve famosa antes de que el mundo adulto aprenda a hablar de ella con respeto? Esa es una de las preguntas que rodean la historia de “La Venenito”, creadora de contenido que saltó a la popularidad en TikTok por su forma espontánea de vender dulces, su personalidad extrovertida y un estilo que rápidamente la convirtió en figura viral.
Su nombre real es Luis David González y nació en San Juan de los Lagos en 2008, sin embargo, comenzó a hacerse conocida en redes sociales hasta que tenía 14 años, cuando aparecía vendiendo cajeta, bailando, usando frases populares dentro de la comunidad LGBT+ y mostrando una actitud que muchos usuarios calificaron como “diva”. Poco después, su presencia digital creció al grado de relacionarse con figuras como Wendy Guevara, Las Perdidas, Yeri Mua y La Divaza.
Sin embargo, detrás del fenómeno viral también apareció un debate mucho más profundo: ¿cómo mira la sociedad mexicana a una infancia trans cuando se vuelve pública?, ¿la acompaña, la protege o la expone al juicio masivo?
La Venenito ha sido admirada por miles de personas que ven en ella una personalidad libre, auténtica y sin miedo a expresarse. Pero también ha sido blanco de críticas por su apariencia, su forma de vestir, sus colaboraciones con personas adultas y por el simple hecho de visibilizar una identidad de género diversa desde la adolescencia.
Y ahí es donde la discusión deja de ser solo entretenimiento. Porque su caso conecta con una conversación nacional que sigue incomodando: las infancias y adolescencias trans existen, pero muchas veces son debatidas como si fueran una opinión y no como personas con derechos.
Especialistas y organizaciones han señalado que reconocer a una infancia trans no significa imponerle una identidad, sino escucharla, acompañarla y evitar que la discriminación se convierta en violencia. Incluso la SEP ha impulsado orientaciones para que las escuelas sean espacios más seguros, dejando claro que el papel docente no es imponer identidades, sino acompañar procesos y proteger la salud emocional del alumnado.
Uno de los puntos más manipulados en este debate es la falsa idea de que las leyes de identidad trans para menores autorizan cirugías o tratamientos hormonales. Reuters verificó, por ejemplo, que la reforma en Baja California permite modificar documentos de identidad, pero no autoriza cirugías ni tratamientos hormonales en menores de edad. Es decir, el tema legal se centra en el reconocimiento administrativo del nombre y género, no en procedimientos médicos.
Aun así, en redes sociales la desinformación se repite con fuerza. Se acusa a madres, padres, docentes y activistas de “confundir” a las infancias, cuando distintos especialistas señalan que la confusión y el daño muchas veces no vienen del acompañamiento, sino del rechazo, la burla, el aislamiento y la violencia.
La historia del personaje de “Venenito”, entonces, no solo habla de una adolescente que se volvió viral. También exhibe una contradicción social: México consume, comenta y viraliza a figuras LGBT+, pero todavía le cuesta protegerlas cuando son menores de edad o cuando su identidad rompe con lo tradicional.
Por eso, el debate no debería centrarse en si una infancia o adolescencia trans “debe” o “no debe” existir públicamente, sino en cómo garantizar que no sea vulnerada, sexualizada, explotada o atacada en el camino. Porque una cosa es cuestionar los riesgos de la exposición digital en menores de edad, algo completamente válido, y otra muy distinta es usar esa preocupación para negar su identidad.
La Venenito se convirtió en personaje viral por su carisma, pero su caso abre una pregunta mucho más seria: ¿estamos preparados para hablar de infancias trans con datos, responsabilidad y humanidad, o seguiremos dejando que el prejuicio haga más ruido que la información?