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Una flecha que cruza el cielo capitalino. La Diana Cazadora

Una flecha que cruza el cielo capitalino. La Diana Cazadora

Arco firme, fuerte postura y mirada decidida hacia el horizonte donde la fuerza de la naturaleza se extiende  más allá de los lindes de las avenidas y los muros de la capital mexicana. La Diana Cazadora no sólo se consolida como un amplio referente del diseño urbano de la Ciudad de México, sino que conlleva un trasfondo social y cultural más allá del bronce en que se esculpió.

Era 1938, Ávila Camacho se encontraba a la cabeza del país y en el mundo la Gran Guerra despedía sus humos, gases y preocupación en el escenario internacional, más allá de las fronteras mexicanas. Mientras tanto, sobre una de las principales vialidades que funge como columna entre Santa Fe y el Centro histórico de la capital, Paseo de la Reforma ya tenía los ojos encima del Arquitecto Vicente Mendiola y del Escultor Juan Olaguíbel.

Desde los archivos digitales del INAH, se cuenta que la idea principal fue erigir una fuente que sirviera como una antesala a Chapultepec, sobre avenida Reforma. Para esto, Mendiola y Olaguíbel idearon que la figura destinada a ocupar la cúspide de aquella obra tenía que ser la diosa cazadora, Diana (la adaptación latina de Artemisa, en Grecia) adorada por el pueblo romano, especialmente por plebeyos, esclavos y mujeres que apelaban por protección y fertilidad.

Sin embargo, el esculpido de este ícono de la cultura mexicana no se concibió únicamente entre ideas del artista, sino que hubo una mujer que modeló secretamente para dar vida a la imagen de la Diana.

Helvia Hernández era su nombre, una mujer que se desempeñaba como secretaria en las oficinas de Petróleos Mexicanos (PEMEX). Con 19 años de edad, Helvia recibió una invitación por parte de los autores de la fuente de Reforma para posar como la Flechadora de las Estrellas del Norte, nombre por el cual se llamó originalmente a la obra, antes de la popularización de su actual título.

Cabe mencionar que esta acción se llevó en secreto como parte de las condiciones de la modelo, quien no pidió ser remunerada económicamente, mientras no se revelara la identidad detrás de la Flechadora, por temor a las reacciones por parte de sectores ultraconservadores, así como la posibilidad de perder su trabajo o verse afectada en otros ámbitos a raíz de ello. No fue sino después de 50 años, que la modelo desveló esta información en una publicación de su propia mano “El Secreto de la Diana Cazadora”.

A pesar de las implicaciones históricas y culturales que conlleva su realización, dos años después de su inauguración, la llamada “Liga de la Decencia” (una organización ultraconservadora de México, activa a mediados de 1900), como era costumbre en sus horizontes, orilló a Olaguíbel a colocar una especie de calzón en la figura de la Diana. Supuestamente porque esta Liga consideraba la figura de bronce inadecuada y provocativa para un espacio público, una contracorriente a las líneas morales del país.

No obstante, aunque el escultor accedió a la petición de este grupo crítico,  alrededor de 1967, en motivo de las venideras Olimpiadas del 68’, la prenda que cubría la cintura de la Diana fue desmontada, lo que provocó algunos daños a la obra. Esto llevó a su retiro adecuado y posterior traslado para evitar más afectaciones al acabado, por lo que sí, la Diana que observas siempre que pasas por Reforma, no es la escultura original, esta al día de hoy se encuentra en el municipio de Ixmiquilpan, en el Estado de Hidalgo.

Es entonces que, con el pasar del tiempo la Flechadora de las Estrellas del Norte se posicionó como uno de los símbolos históricos, sociales y culturales no sólo más importantes, sino también más referenciados y conocidos en distintas expresiones artísticas, tal como registros históricos, existiendo incluso réplicas en distintos puntos del país, desde Guerrero y Monterrey, hasta Villa Hermosa e Ixtapan.

No obstante, el hecho que la Flechadora no dirija su tiro a un objetivo en concreto, puede ser contemplado como una puerta hacia un amplio valle de posibilidades simbólicas que, de algún modo se han reflejado en distintas etapas de la historia moderna de México, esencialmente durante manifestaciones ciudadanas.

Escenarios dibujados, en 1993 por ejemplo, con protestas ecológicas, llevaron a la Diana a vestir una máscara de gas como una crítica a la mala calidad del aire en las áreas metropolitanas del país y la falta de medidas sustentables de transporte en la República; años más tarde, en 2020 el cuerpo de bronce fue entintado de rojo como un espejo de la realidad mexicana ante la violencia de género y los feminicidios.

La Diana Cazadora se refrenda como un símbolo que ha acompañado luchas sociales y atestiguado el ir y venir de miles, si no es que de miles de millones, de rostros, voces y pasos que han formado parte de la historia que se construye en las extensiones de la Avenida de Paseo de la Reforma, contemplada como un símbolo que conserva la memoria de la ciudad.

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