Antes muerta que sin conciencia social. Dos géneros distintos, uno nace de la rebeldía obrera, el otro desde la resistencia migrante, pero sólo uno se llevó el podio a la protesta.
EMILIANO RUIZ
Las guitarras rugen, la batería hace vibrar a miles en Las Vegas, The Sphere es el escenario predilecto para la gira Burns Faster de una de las bandas más populares de la llamada “música pesada”. Metallica está en el escenario, cientos aclaman y en entre el silencio que se marca por las voces roncas de la euforia, emerge la añeja voz de James Hetfield: “Metallica no está aquí como otros artistas que buscan influenciarlos con sus tonterías. Estamos aquí para olvidarnos de toda la mierda del exterior” —sentenció ante miles de fanáticos. Quizás aquellas palabras resonaron en la psique de algunos, pasaron sin pena ni gloria para otros, pero más allá del escenario, estas declaraciones ponen sobre la mesa una cuestión muy presente: ¿El arte debe ser político?
“La agenda de Metallica es amor, energía y música pesada” —recalcó Hetfield en su breve discurso. Sin embargo, no es él quien se ha convertido en el foco de críticas por defender la postura de la música como un espacio de desconexión y comunidad, sino por su fuerte crítica ante todos esos artistas que han pronunciado su postura social en el escenario. Uno de ellos fue el Loop Tour de Ed Sheeran cuando diversos artistas colaboradores alzaron la voz abiertamente por Palestina, en el marco de las acciones militares de Israel sobre la franja de Gaza.
Lo que muchas y muchos no esperaban es que, tan sólo un día antes, un par de artistas que parecían casi olvidadas en el mundo de la música mexicana regresaron como nunca a ritmo de duranguense para constituir la otra parte del debate, en el Peacock Theather de Los Ángeles California, como parte de su Gira de Oro para celebrar más de 50 años de trayectoria. A voz de “¡Palestina libre!” y “¡Que viva Palestina!”, sumado a odas para las mujeres, Los Horoscopos de Durango no sólo llamaron la atención por su tan estimada presencia en los escenarios, sino que también por dejar clara su postura ante los acontecimientos geopolíticos de la actualidad, en uno de los estados con mayor población migrante de todo Estados Unidos. Dejando claro que el escenario es un espacio totalmente válido para la protesta social, independientemente del género musical.
Al final, al menos por esta ocasión, parece que el duranguense terminó siendo más “punk” que el metal, aquella música casi siempre asociada con la rebeldía, lo contestatario y el enojo social contra las injusticias, causando una irónica escena artística donde las manifestaciones sociales toman lugar en los lugares más inesperados.