Casi llegan las festividades del 15 de septiembre, donde miles de mexicanos y mexicanas se reúnen para celebrar la independencia nacional. Una soberanía que, probablemente, no fuera lo que es gracias a 14 personas que tiempo fueron resguardadas en un mausoléo muy particular, en tumbas con los restos óseos de los insurgentes más importantes de la nación. Debajo del icónico “Ángel de la Independencia“, la historia oficial se mezcla con la ciencia forense para revelar un misterio que estos llamados héroes y heroínas dejaron más preguntas que respuestas tras su muerte. Unos pudieron ser trasladados, otros comparten urna con animales y uno de los hombres más valientes del movimiento resultó se presume que fue una mujer.
En 1823, tras la caída del imperio de Agustín de Iturbide, el Congreso ordenó exhumar los cuerpos de los héroes desde los distintos puntos del país, como Guanajuato, Chihuahua y Morelia, donde yacían para trasladarlos con honores a la Catedral Metropolitana. Permanecieron allí durante un siglo hasta que, en septiembre de 1925, el presidente Plutarco Elías Calles ordenó su traslado definitivo a la cripta del Ángel de la Independencia. El mito popular dictaba que los padres de la patria descansaban en paz y orden, pero la ciencia demostró lo contrario.
Sabemos que en esta serie de historias, hay algunas que dibujan enigmas que a pesar de la ciencia busca determinar quienes se encuentran en dicho mausoleo, debido a los años transcurridos antes de tomar la decisión de honrar estos restos en un sitio tan especial convierten a esta historia un enigma que a la fecha no sólo se centra en el lugar en que fueron depositados los restos de los héroes de independencia, sino también respecto a la comprobación de su verdadera identidad. ¿Cuáles son los más intrigantes?
El caso más intrigante y documentado por la academia ocurrió en el año 2010. Con motivo del Bicentenario de la Independencia, un equipo de especialistas en antropología física del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) exhumó las urnas para evaluar su estado de conservación y certificar la identidad de los restos. Al abrir la caja perteneciente a Mariano Matamoros, la mano derecha de José María Morelos y Pavón, los científicos se llevaron una sorpresa.
Análisis realizados por los investigadores del INAH determinaron que casi la totalidad de la osamenta no correspondía a un varón, sino a una mujer adulta de entre 40 y 45 años de edad, con una estatura aproximada de 1.51 metros. Además, algunas marcas correspondientes a la posición muscular en los huesos derivaron en la hipótesis que este personaje femenino pasó su vida dedicada a la molienda de granos y a la preparación de alimentos en cuclillas.
De inmediato surgió la sospecha histórica que pretendía señalar al llamado Mariano Matamoros como una mujer que adoptó una identidad masculina o una identidad transgénero para poder acceder a la educación y combatir en el ejército insurgente. Al corroborar la fe de bautizo oficial del héroe nacional en los archivos históricos, se confirmó que Matamoros nació y fue registrado biológicamente como hombre, lo que despertó más preguntas indicando la posibilidad de que los verdaderos restos de Mariano Matamoros están perdidos y que el cuerpo de una mujer anónima de la época colonial ha recibido honores de Estado y el respeto de millones de mexicanos durante los últimos dos siglos.
El misterio forense no terminó con Matamoros pues, al revisar la urna del primer presidente de México, Guadalupe Victoria, el estudio del INAH identificó una mezcla de restos muy particular, ya que se hallaron los restos de un joven de no más de 21 años, cinco vértebras lumbares femeninas y para sorpresa de muchos, el hueso de la pata de un venado. En las urnas de otros héroes también se localizaron dientes sueltos, ropa de diferentes épocas, suelas de zapatos y hasta una botella de vino que contenía el acta original de un traslado previo.
Los historiadores explican que este fenómeno no responde a una falta de respeto intencionada, sino al caótico contexto del siglo XIX en México. Cuando los cuerpos fueron rescatados en 1823, muchos llevaban años enterrados en fosas comunes o cementerios parroquiales dañados, como el de San Sebastián en Guanajuato. Los encargados de las exhumaciones recolectaban lo que creían que eran los restos de los héroes, revolviendo sin querer los huesos de las personas enterradas a su alrededor e introduciendo elementos del entorno silvestre.
A pesar de que la ciencia determinó que lo que yace bajo el Paseo de la Reforma es un enorme rompecabezas óseo, la nación decidió devolver los restos a su sitio original tras concluir los estudios en 2011. No obstante, más allá de la precisión biológica en la identificación de los restos, se torna interesante como estas urnas aún prevalecen como un símbolo de la memoria histórica, donde, posiblemente, los restos anónimos de la población civil que sufrió la guerra terminaron descansando al lado de los líderes que fundaron la patria.
EMILIANO RUIZ