Donald Trump no aparecerá en las boletas brasileñas el próximo 4 de octubre, pero su nombre ya forma parte de la elección.
A menos de un mes de que los brasileños decidan si mantienen en el poder a Luiz Inácio Lula da Silva o abren nuevamente la puerta al bolsonarismo, Estados Unidos dejó de ser únicamente un actor externo: aranceles, encuentros con la oposición, declaraciones contra el gobierno brasileño y hasta un intento de enviar funcionarios estadounidenses para discutir el sistema electoral colocaron a Washington en medio de la contienda.
La tensión llegó a tal punto que Lula ya advirtió públicamente que no aceptará interferencias extranjeras en los comicios. En el material recopilado para esta nota, el mandatario brasileño sostiene que Brasil no permitirá que otro país intervenga en sus asuntos internos y dirige un mensaje directamente hacia Trump.
Hasta ahora no existe evidencia pública de que Estados Unidos esté alterando votos, financiando clandestinamente una campaña o interviniendo técnicamente en el sistema electoral de Brasil. Lo que sí está documentado es una serie de decisiones políticas, diplomáticas y económicas de la administración Trump que han impactado directamente en la campaña y que el gobierno brasileño considera intentos de influir en el proceso electoral.
De acuerdo a las fechas confirmadas por el Tribunal Superior Electoral, Brasil celebrará la primera vuelta presidencial el próximo 4 de octubre y si ningún candidato obtiene la mayoría necesaria, habrá segunda vuelta el 25 de octubre. Y Trump aparece en el peor (o mejor) momento posible para cualquiera de los dos principales candidatos.
La elección está cerrándose. Una encuesta de AtlasIntel/Bloomberg publicada apenas este 10 de septiembre coloca a Lula con 43% en primera vuelta y a Flávio Bolsonaro con 37.4%. Sin embargo, en una eventual segunda vuelta el escenario cambia radicalmente: Bolsonaro registra 46.4% y Lula 46.2%, prácticamente un empate considerando el margen de error de un punto porcentual. Otro sondeo, de Quaest, difundido el 7 de septiembre, ya había mostrado el mismo escenario de polarización: 41% para Lula y 41% para Flávio Bolsonaro en un eventual balotaje. Es decir, cualquier movimiento externo capaz de modificar la conversación pública puede adquirir peso electoral.
La relación de Trump con la familia Bolsonaro no es nueva. En 2025, cuando Jair Bolsonaro enfrentaba un proceso judicial por su participación en una trama golpista posterior a las elecciones de 2022, Trump decidió intervenir públicamente en su defensa. Y no se quedó en declaraciones. En una carta dirigida a Lula en julio de 2025, Trump calificó el proceso contra Bolsonaro como una “cacería de brujas” y vinculó explícitamente el trato dado al expresidente brasileño con la imposición de aranceles contra Brasil. La propia Casa Blanca posteriormente argumentó que la persecución contra Bolsonaro amenazaba, según Washington, el estado de derecho y hasta la posibilidad de realizar elecciones presidenciales libres en 2026. Este antecedente resulta fundamental porque demuestra que la política comercial de Trump hacia Brasil ya había sido relacionada oficialmente con asuntos políticos internos del país sudamericano.
La situación cambió parcialmente este año. El pasado 15 de julio de 2026, la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos impuso un arancel adicional de 25% a determinados productos brasileños. Esta vez, la justificación oficial fue comercial: Washington señaló problemas relacionados con comercio digital, sistemas electrónicos de pago, propiedad intelectual, acceso de su etanol al mercado brasileño y deforestación, entre otros asuntos.
El documento previo que elaboramos sobre la relación de Lula y Trump ya mostraba una diferencia importante: Brasil optó por abrir su mecanismo de reciprocidad económica, aunque sin aplicar automáticamente represalias, mientras Lula mantenía abierta la negociación con Washington. Así, el choque comercial terminó mezclándose con algo mucho más delicado: la sucesión presidencial brasileña.
De acuerdo con Reuters, el pasado 25 de julio que Brasil negó visas a dos funcionarios de la administración Trump que pretendían viajar al país para tratar asuntos relacionados con la integridad de su sistema electoral. De acuerdo con los funcionarios brasileños citados por la agencia, la delegación contemplaba al subsecretario adjunto Riley M. Barnes, del área de Democracia, Derechos Humanos y Trabajo del Departamento de Estado y a Samuel Samson. Las autoridades brasileñas interpretaron el viaje como un intento de influir en la elección presidencial. Según la agencia de comunicación, entre los planes de la delegación también se encontraba un encuentro con Flávio Bolsonaro, principal rival de Lula. Pero el episodio elevó considerablemente el conflicto diplomático.
Trump tampoco mantiene la misma distancia frente a los dos candidatos. Reuters reportó que Flávio Bolsonaro fue recibido en la Casa Blanca y que el acercamiento ocurrió en un contexto de relación política con el secretario de Estado, Marco Rubio, quien ha lanzado críticas contra el gobierno de Lula. Una paradoja, pues el propio Flavio Bolsonaro pidió a Washington aplazar los aranceles contra Brasil hasta después de las elecciones. ¿Por qué? Porque una medida diseñada para presionar al gobierno de Lula podía terminar convirtiéndose en una campaña gratuita para el presidente brasileño.
En julio, el senador realizó gestiones en Washington buscando una demora de 180 días en la aplicación de los gravámenes. Mientras Lula acusaba a la familia Bolsonaro de contribuir a la ofensiva estadounidense, Flávio negaba haber provocado las medidas y advertía sobre sus consecuencias electorales. El problema para el bolsonarismo era evidente: cuanto mayor fuera la presión de Trump contra Brasil, mayor podía ser la oportunidad de Lula para presentarse como el presidente que defiende la soberanía nacional frente a Washington.
Trump no vota en Brasil, pero es parte de la elección
A diferencia de otros procesos electorales latinoamericanos en los que Washington se limitaba a expresar preferencias diplomáticas, en Brasil existe una combinación particularmente explosiva: Trump ha defendido públicamente a Jair Bolsonaro, su administración ha sostenido contactos con Flávio Bolsonaro, Estados Unidos ha utilizado instrumentos comerciales contra Brasil y funcionarios estadounidenses intentaron viajar al país para discutir cuestiones electorales. Eso permite hablar legítimamente de presión o injerencia política estadounidense en la campaña, siempre que se atribuyan correctamente las acusaciones y no se confundan con una manipulación demostrada del proceso de votación.
Lo que está en disputa va mucho más allá de Lula contra Flávio Bolsonaro.
Brasil es la mayor economía de América Latina y, junto con México, representa uno de los grandes polos regionales capaces de marcar límites a Washington. Como ya se planteaba en el análisis previo, Lula ha respondido mediante una estrategia más confrontativa frente a Trump, mientras México ha optado por negociación y cooperación sin subordinación. Ahora Lula enfrenta una prueba que México no tiene este año: convertir esa defensa de la soberanía en votos.
Trump probablemente preferiría ver al bolsonarismo de regreso en el Palacio de Planalto. Sin embargo, mientras más intervenga en la conversación brasileña, más fácil puede resultar para Lula plantear la elección de octubre no únicamente como una disputa entre izquierda y derecha, sino como una pregunta mucho más poderosa: ¿Quién decide el futuro de Brasil: los brasileños o Washington?
ANDREA QUINTERO