
Mucho antes de “No manches Frida” o “No se aceptan devoluciones”, México vivió una época dorada en el cine nacional, específicamente inició en el año de 1936 y durante las siguientes dos décadas este arte tomo fuerza y se consolidó en la industria cinematográfica mas importante al ser la principal productora de películas en español a nivel mundial.
Estas joyas audiovisuales eran presentadas en recintos cinematográficos que albergaban en su mayoría, espacio para mas de mil espectadores. Fue durante el Porfiriato que el cine en México tuvo permiso para ser mostrado al pueblo, para ello se instalaron salas de proyección en espacios grandes de la Ciudad de México, cobrando aproximadamente 50 centavos la entrada.
Sin embargo, muchos de estos espacios en donde la imagen cobraba movimiento permanecen cerrados desde el terremoto de 1985 debido a los daños estructurales que sufrieron, pero de esto ya tiene 40 años y sus propietarios no han ocupado el espacio en otra cosa. Por su parte, las autoridades tampoco se atreven a convertirlos en viviendas pese a la crítica situación que se vive en el país por la gentrificación y las costosas rentas y/o ventas de viviendas.
Estas salas fueron construidas por arquitectos de renombre en ubicaciones privilegiadas y grandes terrenos, mientras que los dueños invertían en estas salas de proyección de arte a modo de competencia por tener el lugar mas lujoso, moderno e imponente. Por ello, el cine era una experiencia ambiental y visual, un lujo que al principio no todos podían darse, sin embargo, conforme paso el tiempo, el cine se amplió al resto de la ciudadanía y llego a los públicos populares.
Pero con los avances en la industria cinematográfica y la proyección digital, estos espacios pasaron de ser lugares privilegiados a decadentes, hasta llegar al abandono. Al pasar el tiempo, han fungido como hogar para algunas personas o animales en situación de calle y se convirtieron en un sitio de riesgo por el mal estado en su estructura que en algunos casos eran altos debido a los posibles desplomes.
Con un promedio de 3,000 butacas y 3 mil metros cuadrados de suelo entre escaleras, pasillos, taquillas, área de comida y amplios vestíbulos, estos espacios aún permanecen en la colonia Centro y sus alrededores como en Zona Rosa.
De acuerdo con el Gobierno de la Ciudad de México pese a que se ha tratado de negociar con los propietarios, aseguran que no siempre hay disposición por parte de estos para la venta de estos lugares.
Actualmente la capital del país cuenta con 1,313 inmuebles declarados como sitios de alto riesgo o riesgo de desplome y la gran mayoría se encuentra en la alcaldía Cuauhtémoc. A ellos se suman Teatros y Centros de espectáculos abandonados con daños severos como el Teatro Fru Fru, el Lirico o el Blanquita.
La Secretaria de Desarrollo Urbano y Vivienda de la Ciudad de México, informa que a las negativas de negociaciones se suma que la actual normativa no favorece el uso correcto del suelo urbano y si alienta fenómenos como la especulación, el despojo, el encarecimiento y problemas ilícitos con relación a la existencia de predios, propiedades, edificios y bodegas donde no se utiliza de forma adecuada a estas estructuras.
Entre algunas de las negociaciones en las que el gobierno capitalino trabaja actualmente es en la compra del antiguo cine Tezontle, en la alcaldía Iztacalco, con la finalidad de que sea adquirido por el Instituto de la Vivienda (INVI) y se construya vivienda social en esta zona.
La Compañía Operadora de Teatros (Cotsa) fue una empresa privada creada en 1943 dedicada a la exhibición y administración de teatros y salas de cine. Presenció la llegada del cine de oro y llego a tener 260 salas en las principales ciudades en país.
Productoras mexicanas y estadounidense fueron dependientes de Cotsa ya que le entregaban sus películas para que decidieran que se exhibe y que era vetado.
Luego de 1982, algunos que quedaban fueron consolidados como patrimonio cultural y fueron administrados por la Secrtetaria de Educación Publica y fue en 1993 cuando el expresidente Carlos Salinas de Gortari privatizó el paquete de medios de comunicación del Estado, incluyendo a los Estudios Cotsa y sus inmuebles, así como sus litigios, embargos y deudas.
Mas tarde, el empresario Ricardo Salinas Pliego puso en venta casi todos los inmuebles a desarrolladores inmobiliarios, empresarios y gobiernos locales. La mayoría de estos lugares fueron demolidos o transformados en torres de departamentos o centros de ocio.
Fue hasta 1993 que llego la empresa estadounidense Cinemark, un año después llega Cinemex y lo que era la Organización Ramírez se convirtió en Cinépolis. Estas empresas compiten hasta la fecha con sus grandes salas, productos y servicios.
Pese a que a finales de los noventa las monumentales salas desaparecieron debido a que Carlos Salinas de Gortari y Ricardo Salinas Pliego las vendieron, los recintos que aun quedan pertenecen a la iniciativa privada, al gobierno federal o a la entidad capitalina. Cifras de la Auditoria Superior de la capital revela que desde el año 2000 el gobierno de la ciudad ha erogado 90 millones de pesos para el rescate del cine nacional, que se convirtió en la compra de cuatro cines: Futurama, Bella Época, Pecime y Paris.
De ser protagonistas en la época del cine de oro nacional estos lugares se transformaron en lugares fantasmas, que, pese a que hay planes de transformarlos en recintos culturales, esto requeriría una modificación del Programa Delegacional de Desarrollo Urbano.