
En los últimos años, la dinámica del comercio internacional ha mostrado un giro significativo que empieza a preocupar a muchos sectores de la economía mexicana. Mientras el lema “Hecho en México” ha sido un símbolo de calidad y orgullo nacional, hoy día se observa cómo el crecimiento veloz de la producción manufacturera en China comienza a eclipsar su presencia en el mercado. Este fenómeno no solo afecta a las industrias tradicionales, sino que también plantea interrogantes sobre el futuro de la competitividad en el país.
Este debate tomó mayor fuerza luego de que en noviembre de 2024 la Plaza Izazaga, ubicada al centro de la Ciudad de México fuera clausurada, luego de que la fiscalía general de la República iniciara el proceso de extinción del dominio del inmueble por presunto contrabando, piratería y distribución de mercancía apócrifa de origen asiático. Sin embargo, una semana antes se había llevado a cabo un operativo llamado “Limpieza” en donde fueron decomisadas 88,000 piezas de contrabando. El entonces Secretario de Economía, Marcelo Ebrard, arremetió contra las agencias aduanales que permiten la entrada de productos asiáticos.
Sin embargo, este no es el único lugar en donde se venden productos chinos, actualmente, basta con recorrer el Centro comercial más grande de la capital, el Centro Histórico para notar que la mayor parte de la mercancía invade este espacio.
Las razones por las que estos productos terminan conquistando al ojo mexicano es por su variedad y el precio; y en muchas ocasiones son los mismos comerciantes mexicanos quienes crean lazos comerciales con las personas provenientes del país asiático para que estos les vendan mercancía y puedan revenderlos en sus puestos.
Los comerciantes mexicanos están siendo desplazados ya que las personas provenientes de China ya pueden observarse en los locales y puestos de la zona, mismos que rentan locales por grandes cantidades de dinero, e incluso hay personas de esta comunidad que son dueños de locales o edificios, inmuebles que mas tarde son rentados a los comerciantes mexicanos en grandes cantidades de dinero.
Por otra parte, el Gobierno federal hizo del distintivo Hecho en México una herramienta de política pública que además de promover los productos nacionales, genera el desarrollo de empresas y cadenas de proveeduría local nacional.
Pese a que este sello tiene más de 58 años, con el Plan México propuesto por la presidenta Claudia Sheinbaum, se transforma en una visión completa que impulsa a las empresas mexicanas que producen y venden productos nacionales.
Este distintivo nacional cuenta con 4,000 empresas y más de 6,000 productos certificados. Este proyecto ha lanzado el mensaje al mundo que México no solo se conforma por sus playas y/o artesanías, sino que también representa innovación y digitalización.
La creciente prominencia de los productos “Made in China” ha generado un cambio significativo en el panorama industrial de México. Esta transición no solo plantea retos económicos para nuestros productores locales, sino que también nos invita a reflexionar sobre nuestra identidad como nación. Al elegir entre lo hecho en México y lo importado, no solo estamos decidiendo qué comprar, sino también apoyando un modelo de desarrollo que puede construir o desgastar nuestras comunidades.
Afrontamos una encrucijada histórica: ¿qué tipo de futuro deseamos forjar para nuestras generaciones futuras? La industria mexicana tiene el potencial de ser un motor de empleo y creatividad, pero requiere nuestro apoyo y compromiso. Ahora más que nunca, es fundamental generar un debate abierto sobre las implicaciones de nuestras decisiones de consumo. Fomentemos un diálogo que no solo impulse la economía local, sino que también celebre la riqueza cultural y el talento que hay en nuestro país.